lunes, 14 de septiembre de 2009

La Mantis (Inédito)






Aquiles Montoya








Índice




Prologo 04

Capítulo 0
La Martita, mi amor 05

Capítulo 1
El inicio que casi es el final 08

Capítulo 2
De cómo llegué a formar mi primer hogar 11

Capítulo 3
Algunas cabronadas que recuerdo 17

Capítulo 4
Algunas cabronadas que me hicieron 25

Capítulo 5
Las bliats y otras que no 31

Capítulo 6
Tres versiones de un mismo hecho 38

Capítulo 7
Necesario es un paréntesis 41

Capítulo 8
La chica con manos de picapedrero 44

Capítulo 9
Otra que no fue y con quien no tuve revancha 47

Capítulo 10
Mis noches en Moldavia y otras 50

Capítulo 11
Ellas y mis borracheras 54

Capítulo 12
Las putas que me poseyeron y sus lugares de trabajo 66

Capítulo 13
Las que me poseyeron durante la separación 74

Capítulo 14
Las que no pudieron poseerme 77

Capítulo 15
Ella fue una excepción a la regla 83

Capítulo 16
Las que podrían considerarse mis infidelidades 86

Capítulo 17
Mis primeros pininos 90

Capítulo 18
La señora casada 96

Capítulo 19
Mi vida sin amor 98

Capítulo 20
Nuestra separación y mis reflexiones etílicas 103

Capítulo 21
La dama de los perros 109

Capítulo 22
Un amor que no pudo ser 114

Epílogo
La Mantis 118

Prologo


Demian me llamo y soy sociólogo, aunque he realizado estudios de derecho, economía y filosofía y trabajé algunos años como publicista empírico y autodidacta y deseo manifestar que, en realidad el título original de estos memoriales era: Mis mujeres y yo, pero resultaba muy cuestionable desde una perspectiva feminista, y podía limitar a sus potenciales lectoras, así que decidí modificarlo, invirtiendo la relación y le llamé: Las mujeres que me poseyeron; sin embargo, el carácter machista de su contenido nadie se lo quita, ya que por mas que nos culturicemos, somos hijos de nuestro tiempo, nacimos en una sociedad machista, nos educaron para ser machistas y actuamos, como somos, machistas.

Por otro lado, no me gustaba lo de mis mujeres, porque desde una perspectiva marxista, que yo presumo de serlo, es absurdo hablar de mis mujeres como cosas, como una propiedad; sin embargo, nuevamente tengo que apelar al ser social y a la conciencia social. Si nacimos y vivimos en el capitalismo, pues, somos como somos, por eso, la culpa es del sistema, no de nuestra conciencia, eso es precisamente lo que debe de quedar claro. Cuestionemos al sistema, odiemos al sistema y no a sus víctimas. Siempre lo he dicho, los capitalistas no explotan por malvados, sino porque son capitalistas. En consecuencia, la explotación no se puede superar con charlas de moralidad, ni mi conducta machista con sermones, por muy de la montaña que fuesen, sino que cambiando la sociedad y nuestra conciencia, para lo cual se requeriría de una nueva psicología social, además obviamente, de una revolución en lo económico, en lo político y en lo social. La cual, no tendría que ser necesariamente, sanguinaria y violenta.

No obstante una vez que había concluido estos memoriales, descubrí que su nombre debería de ser, no porque yo me lo propusiera, sino porque la racionalidad de los mismos, su razón poética, había conducido a que se llamaran: La Mantis.

Este escrito no se ocupa de cosas profundas, sino de las relaciones con las mujeres que me poseyeron, así como de algunas que no lo hicieron porque no lo quisieron o porque yo no lo quise. Es un escrito superficial, aunque puede ser entretenido y a ratos hasta divertido. No obstante pudiera motivarle a pensar sobre nuestra realidad, aunque no sea un escrito filosófico, pero hay en él razón poética e histriónica.
Y deseo iniciar estos escritos con esta líneas de amor para mi amada, que le escribí hace mucho tiempo, cuando estuvo hospitalizada, a raíz de una operación en el busto, para extirparle el cáncer incipiente que tenía.

Regresar al Indice
Ir a Capítulo 0: La Martita, mi amor

Capítulo 0: La Martita, mi amor


Martita,
Amada mía.

Caen las horas tan pesadas como días sin retorno. Abro mi alma y tu no estas. Angustia siento pensando en tu volver. Pero no estas. Salado, ácido, amargo es mi despertar con tu ausencia. ¿Dónde fueron los hijos, dónde fueron las palabras? Todo acabó en la nada. ¿Nada? Es un decir tan solo, ya que es el principio de un final que no llegará. Suicidio. Solución rápida o salida cruel a una vida llena de miseria. Llega la tarde y con ella el bochorno del nuevo día.

¿Dónde te fuiste criatura de mis amaneceres? ¿Dónde están tus pechos tan acariciables y tan a la medida de mis manos? No puedo aceptar que el cáncer te los haya carcomido. No puedo creer que ya no te los pueda acariciar. Que mis manos los hayan convertido en dolor, cuando fueron halos sublimes de placer.

¿Qué te hiciste? Cruel y canalla no te hiciste, sencillamente te estás dejando morir. Morir y vivir, pero ¿qué es el morir viviendo o el viviendo morir?

Dame tus manos preciosa. Dame tus besos amada mía. Enciende mi fuego de amor. Bebamos el agua del placer y sintámonos dioses del amor. Esta es la cultura judeo cristiana en la que hemos nacido. Pero nada más. El sentir sin una cultura que lo respalde ¿qué sería? Seguramente satisfacción plena sin ataduras y prejuicios. El amor en el paraíso tuvo que ser muy grande y fuerte como para arriesgarlo todo, inclusive, el paraíso.

Amor, esta es la palabra clave. Sin amor no habría vida, ni esperanza. Podrán inventar los infiernos que quieran, pero el amor todo lo supera. Amor, calidad humana, instintiva y mortal. Felina. Irracional o arracional. Pero amar es lo máximo que ha logrado la humanidad. Está muy sobre el pensar, que a fin de cuentas no pasa de ser una actitud metafísica. En tanto busca explicar el por qué del amor. Pero el amor es. Por amor el jesuita deja a su congregación. Por amor se abandona el primer hogar. Por amor se vive en plenitud. Por amor quieres morir pero no puedes. El amor te detiene.

La vida se va como vino. Y tu estas a mi lado, como piedra grande, peñasco, digamos, observando mi partida. Sabes que sobrevivirás, pero ello no te entusiasma, ni te alegra. Más bien, te entristece porque sabes que cuando parta, algo tuyo se irá conmigo y eso te molesta. Esta es nuestra lucha: quien parte primero, aunque los dos sabemos que vamos de partida.

Abre tus brazos, grítale al cielo. Dime que me amas. Y tal vez así vengas conmigo. No obstante, por ahora, te digo adiós.

Amanece la luna en el claro instante de una sonrisa. No hay marcha atrás en las agujas impertérritas de mi corazón. Vivimos esperando el morir aunque el cielo se tiña de gris. Negros son tus ojos de noche. Amargo es mi corazón cansado. Apágate luciérnaga de mis noches tristes por incoitas.

Habla, no calles, di algo, aunque sean palabras que no signifiquen nada. Palabras sin sentido es todo lo que se puede expresar ante la despedida del amor y de la vida.

Mis últimos escritos no serán para ti. Quiero morir en silencio de palabras arrepentidas, macilentas, dormidas. No hay paz para las almas soñadoras, sólo un reposo merecido, anhelado y ganado. Fuiste hace largo rato una buena escuchadora. Pero ahora que cargas canas, eres tan sólo una más que piensa. Pareciera que no es mucho, pero ello te da el derecho a existir, a opinar y a ser.

Noche de luna embriagada de hastío. No tienes razón, ni fortaleza. Tan sólo eres.

Cara dura. Pies descalzos. Alma encabritada.

Noche pringada de luna. La vida no existe más allá del temor y el amor. El amanecer te derrocó, con toda su maldad. Sabía que no resistirías. Mujer de piernas columnatas, te levantas cual dos torres de mi fantasía.

Abre tu cabeza. Entérate de las miserias de nuestro tiempo. Los dragones son de carne y hueso, se llaman gringos, militares, burgueses, hijos de la gran puta.

El cielo está opaco, gris, con amenaza de lluvia y tus besos se han largado, se fueron caminando como las estrellas al amanecer. Pero allí estabas. Yo lo recuerdo. Yo se que así fue. Eras tú y la luna. Eras tú y el amanecer. Pero te fuiste, porque tenías que partir. No se a dónde y ni me importa. Sólo el llanto se quedó conmigo. Lágrimas, gotas de agua sudorosa con sal de mi corazón, brotan y fluyen como afluentes de un grande río que no será. Tristeza, engaño mentiroso de una joven quinceañera, no eres más que una falacia del corazón.

Corazón, órgano vital de la madre, del hijo, del padre que no tuve. Nací en probeta, como cualquier virus. No siento, ni me importa.

Háblame, dime que es mentira el soñar. Dime que la esperanza murió en el capitalismo. Cuéntame, por que los humanos hartos de luchar renunciaron a los sueños. Dime que calle y me aliste a morir descargado de esperanza, de fe y de sueños.

Demian

Regresar al Indice
Regresar a Prologo
Ir a Capítulo 1: El inicio que casi es el final

Capítulo 1: El inicio que casi es el final


En Tegucigalpa, con el alma encogida de hastío, viví en el Callejón del Olvido, en pleno centro de la ciudad, en viejo caserón que un francés alquilaba por cuartos, a estudiantes llegados del interior, y a mi, procedente de El Salvador. El tal francés sostenía que el instinto más fuerte no es el de la vida, sino que el instinto sexual, ya que según él, aún sabiendo que se puede contraer SIDA, se tiene relaciones sexuales riesgosas. Lo cual no deja de ser discutible, ya que el sexo lo que posibilita es preservar la vida de la especie. Ya la Mantis macho sabe que será devorada por su pareja y, aunque no disfruta del sexo, lo tiene, para preservar la especie. Por lo cual, para mi, sigue siendo el instinto más fuerte el de la vida. Lo cual, no implica, que llegados a cierta edad nos resulte indiferente el vivir o el morir o en todo caso que no estemos dispuestos a dejar nuestros hábitos de vida a cambio de existir un tiempo mas, pero sin tener vida.

Pero bien, Tegus –como le llaman los catrachos para no fatigarse porque nacieron cansados- en un domingo por la tarde es lo más próximo al limbo y no da para mas que para reflexiones intrascendentes. Seguramente la discusión escolástica sobre el sexo de los ángeles tiene que haber ocurrido en una ciudad así, bañada de sudor a causa del bochorno veraniego, cuando el viento está ausente como los árboles a causa de la civilización.

Los días pasaban y el Callejón del Olvido se me hacía cada vez más deprimente. Tegus era y seguramente, sigue siendo, lo más cercano, no al limbo, como ya decía, sino al infierno. El transportarme en autobús me resultaba fastidioso y añoraba mi carro, que había dejado en manos de mi hijo mayor. La comida me resultaba problemática, ya que teniendo los triglicéridos y el colesterol alto, no podía comer cualquier cosa. La falta de sexo irritante. Los compañeros del postgrado una mierda, igual que los profesores hondureños y más de uno extranjero. ¿Qué más se puede pedir para sentirse miserable?

Un día de tantos decidí regresarme a El Salvador y llegué a la terminal del único bus que cubría el trayecto: Tegus-San Salvador, pero la garnacha estaba arruinada y ese día no habría viaje. De modo que tomando aquello como una señal divina, decidí que no me regresaría. Aunque debido al escándalo que se creó en el postgrado a causa de mi huida frustrada, los profesores se me movilizaron y ello me posibilitó encontrar una solución habitacional menos mala, una habitación en la casa de una divorciada que me daba la comida; sin embargo, para su hijo no era un simple pupilo sino la oportunidad de un amante para su madre, razón por la cual me trataba como perro. La comida seguía siendo una mierda, la única diferencia es que ya no visitaba los comedores, el agua era escasa, lo cual me llevó a ser muy ahorrativo con el preciado líquido. No era una habitación independiente, lo cual cerraba las posibilidades de recibir visitas femeninas, las que yo tanto necesitaba. El exmarido de la doña, cuando visitaba a su hijo, me miraba con mucho odio, a lo mejor se imaginaba que yo me la estaba cogiendo, pero qué va, yo vivía pensando en mi joven amante y en nuestro tierno hijo. Ahorraba como un maldito para poder ayudarle a mi amor con lo poco que me daban de la miserable beca que tenía, ya que el medio sueldo de la Universidad, se lo quedaba mi esposa y mis dos hijos mayores. Caminaba como diez cuadras para ahorrarme lo del pasaje de un bus. Había pasado del infierno al purgatorio, lo cual era ganancia, pero aún no tenía el lugar que necesitaba para dedicarme en cuerpo y alma a estudiar.

Pero la oportunidad se presentó, un profesor de la Universidad dejó un apartamentito, como el que yo necesitaba. Dos habitaciones, baño independiente y salida a la calle, sin necesidad de mezclarme con la doña propietaria. Aquel apartamentito ha quedado grabado en mi memoria, al igual que mi casita en Los Planes, porque fue en ellos que disfruté los mejores años de mi vida, haciendo el amor con la única mujer que me poseyó amándola yo y es por eso, que esta historia acerca de las mujeres que me poseyeron, ha tenido que arrancar con Tegucigalpa. Y es que durante los dos años que pasé estudiando allá fueron varias sus visitas y durante los siguientes dos años que ella se trasladó a realizar el mismo postgrado, en más de alguna ocasión disfruté de la libertad de pasear sin temor a ser visto por quien no debía. Téngase presente que por entonces yo era todavía un hombre casado, aunque la separación de mi antiguo hogar ya se había iniciado desde mi partida a Tegus.

Mi viaje a Tegus, de cualquier manera que se vea, fue para mí una fuga. Ciertamente me estaba escapando del ambiente universitario, ya que aunque estaba mayor sentía la necesidad de seguirme formando, para poder responder a las exigencias de la Universidad. Necesitaba compararme con extraños para lograr ganar en confianza y autoestima. ¿Qué tan bueno era? Y además necesitaba el título de Master, ya que el doctorado se me hizo imposible. Estuvo al alcance de mi mano, mi sueño de siempre: estudiar en Paris, en La Sorbona. Pero se me rechazó por mi edad y por los compromisos familiares. Ciertamente, era para frustrarse, pero la frustración no ha sido algo que yo haya permitido entrar en mi vida nunca. No se pudo Paris, bueno, veamos qué es posible. Posible era Honduras estaba cerca y podría viajar a casa cuantas veces quisiera y lo que aprendiera, mucho dependería de mi esfuerzo, de mi dedicación, aunque no tuviera el caché de Paris.

Pero también cargaba un terrible conflicto emocional, no deseaba abandonar a mis hijos y a mi esposa, mucho menos la vida tranquila y cómoda que llevaba: una buena casa, un auto, un terreno, una casita en Los Planes y un rancho en el mar. Pero por otra parte, me había enamorado de otra mujer y teníamos un hijo.

Esto de las relaciones es casi como las religiones. Uno se vincula, se liga, se amarra, se pega. Y aunque parezca fácil deshacer aquel nudo, lo cierto es que el cuerpo se acostumbra, la mente se programa, el cuerpo siente y el pene se para.

Claro, uno puede pasar de la religión católica a la protestante, pero siempre está atrapado. Pero, yo, en Tegus, ni siquiera tenía opción de otro cepo. Me miraba viejo, me sentía viejo y quizá ya era un viejo. Además no tenía ánimos para buscar una nueva aventura, pero es que tampoco veía alguna posibilidad. La vieja del comedor allá cerca del Callejón del Olvido, estaba buena, si muy buena, pero yo nunca le parecí apetitoso. Las compañeras en la U tal parecía que estaban vacunadas contra las emociones. Las profesoras igual. Burdeles no conocía. Los bebederos me estaban prohibidos, ya que no bebía. Y cuando la Marja, la hermana de la Anita, mi compañera en el postgrado, se me vino a insinuar, ya era demasiado tarde. Buena que estaba, pero ya no había tiempo, estaba cerca mi regreso. Para amar como para follar se necesita de tiempo o mejor dicho, el amor que lleve al follamiento exige de tiempo. El coger entre los humanos, no es un simple acto reproductor de la especie. Primariamente, es un acto de placer y si no es así, mejor mastúrbese en el baño o donde usted prefiera, pero no joda.

Pero como no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Albricias, conseguí un nuevo lugar donde vivir: un apartamento a orilla de calle, casi totalmente independiente, del que ya he adelantado un poco. Una viuda y su hija eran las propietarias. Ella, la hija, estudiaba medicina –profesión noble, pero para mi no destinada- estaba más que buena para mis estándares de calidad en materia de mujeres, blanca, fresca, joven, simpática, chichuda y piernuda, qué más se podía pedir, pero tenía novio, uno de esos que parecía garrapata: la llevaba y la traía, la traía y la llevaba, nunca la dejaba respirar, pero a ella parecía agradarle, ya que lo hacía en automóvil. Su madre, la de ella, estaba demasiado vieja, como para inspirar algún sentimiento, para generar alguna emoción. Además de parecerme bastante estúpida y fea, como para hacer alguna excepción. Pero con todo, ella, me propicio las putas condiciones objetivas para vivir en Tegus. Excepción echa de una refri y de una mujer, lo tenía todo, no era mucho pero bastaba, ya que mi amada llegaba cada quince días a verme, a cogerme, a amarme, lo cual era suficiente, me bastaba para seguir viviendo, estudiando y amando.

Regresar al Indice
Regresar a Capítulo 0: La Martita, mi amor
Ir a Capítulo 2: De cómo llegué a formar mi primer un hogar

Capítulo 2: De cómo llegué a formar mi primer un hogar.


Parecería que la vida cotidiana no es importante; sin embargo, años atrás, para resolver mis problemas domésticos, de manutención, de vivienda, de lavado de la ropa y de sexo me tuve que enredar con varias mujeres. Más delante hablaré de ellas, porque de eso trata este escrito.

Pero vea usted, cuando dormía en la agencia de publicidad, donde por primera vez trabajé, luego de regresar de Moscú, ante la muerte de mi padre. A causa de llevar hasta el orgasmo telefónicamente a una chava, se me retiró la dispensa de dormir en el sofá de la oficina. Un hijo de puta, de los que tanto abundan, se encargó de informarle a mi jefe de lo mucho que yo hablaba por teléfono, al punto que en cierta ocasión me cortó la línea; no obstante, luego de esas llamadas eróticas, partía a hacerle el amor a aquella quinceañera impenitente.

Morena, gitana, cabellos oscuros y frondosos, pechos increíbles, labios carnosos y ardientes, piernas amplias como para morir dormido sobre ellas, ojos de amor que nuca veía en la oscuridad de su aposento, donde me recluía, esperando el silencio de la noche, el sueño de sus abuelos y la erección de mi pene hambriento de pasión.

Ella, sin duda alguna, era malvada, vivía con una tía enfermera, la que a su vez vivía con sus ancianos padres y cuando la tía tenía turno nocturno en el hospital, me decía que me fuese para su casa. El cuarto de la tía, que tenía un amante, daba a la calle y por allí me introducía hasta su dormitorio mientras los abuelos cenaban, debajo de su cama me ocultaba y cuando todos se retiraban a dormir, me sacaba de mi escondite. Nunca en mi vida volví a encontrar un clítoris como el suyo, su erección era tal que de haber sido lesbiana le hubiese sido muy útil.

Fueron noches de tanta pasión que hasta debería decir que las añoro, sus enormes tetas me enloquecían y se las mamaba con rabia, como queriéndomelas comer. Fueron noches de amor y de esperanza. Siempre creí que ella sería la mujer de mi vida, la que siempre me acompañaría, desgraciadamente, quince años eran demasiado poco para desposarla en nuestra civilización, y esa era su edad, aunque no lo pareciera, y tampoco yo lo creyera. Me eché a una virgen, sin quererlo, ni saberlo. Cuando lo supe me retiré aculerado, aunque años después la seguí cogiendo. Pero ya no era igual. La magia había cesado.

Pero antes de correrme, no se crea que no viví algunas experiencias dignas de ser narradas. La tía, tenía un amante, a quien le había contado de mis amores con su sobrina. En cierta ocasión el amante de la tía estuve a punto de matarme. Tanto él como la tía sabían de nuestra relación furtiva y es claro que no estaban de acuerdo con la misma. Pero no sabían cómo detenerla. El amante que se sentía muy macho, como todo buen guanaco, se ofreció para detenerme y casi lo logra. Cierta noche cuando yo me retiraba del dormitorio de mi amada, como a las dos de la madrugada, el amante de la tía que la esperaba a ella en su automóvil, me vio salir furtivamente de la casa y sacó su revolver para dispararme. Aquella fue una situación espeluznante, lo vi con revolver en mano al interior de su automóvil y corrí como un alma en pena, si es que estas pueden correr, lo cierto es que para mi fortuna las cuadras eran muy cortas en esa colonia y pude doblar la esquina antes de que aquel desgraciado, tuviera tiempo para disparar. Corrí y corrí con toda la velocidad que me permitían mis piernas jóvenes y ágiles y logré despistarlo. Pero el recuerdo del cañón, de su pistola apuntándome, se quedó grabado para siempre en mi memoria. Hijueputa, si él siendo casado se echaba a la tía, como me contó la Amanda, después, qué putas le importaba que yo me echara a la sobrina de su amante. Pero claro, aquello ocurrió en los años próximos a la guerra, cuando matar a una persona era lo mismo que matar a un perro. Estábamos tan degradados en término de valores y principios que nadie se iba a sentir mal por asesinar a un amante desvelado. Era como ahora, aunque por razones diferentes.

Pero tales experiencias y mi reciente matrimonio me condujeron a dejarla. No podía seguir con ella, nuestra relación no tenía futuro, por mucho que me gustara, por mucho que me realizara haciéndole el amor, aquello debía de terminar. De modo que sencillamente me desaparecí de su vida. Pero a ella, no le pareció que las cosas debían de ser así y con sólo dos datos que tenía de mi vida logró ubicarme. Uno era que trabajaba en una agencia de publicidad y el segundo es que tenía una tía abuela que vivía en la 11 avenida sur número 55. A ésta la visitó y le contó de nuestro amor, desgraciadamente para ella, mi tía no le ayudó mucho porque no sabía dónde localizarme, pero sus llamadas telefónicas a diferentes agencias de publicidad, le rindieron frutos. Un día me localizó.

Y, yo, aunque ya estaba casado no pude resistirme, cogerla era tan rico que la seguí cogiendo, aunque para hacerlo sin despertar sospechas de mi mujer, tenía que beber antes o después de estar con ella. Hasta que un día de tantos me informó que se largaba para México y se fue. Allá trabajaba de guía en el Museo de Historia Natural y allí conoció a un joven universitario, el cual se prendó de ella desde la primera vez que la vio. No era extraño, la Amanda era bella y atractiva. De modo que después de salir con él varias veces, al cine, a los nigt club, a bailar en las discotecas, al cumpleaños de la hermana de él y luego de observar la riqueza de su padre, la Amanda, se decidió a coger con él, aunque en edad no estaban parejos. Dos años anduvieron de novios y fue para entonces que vino a visitarme.

Regresó con el único propósito de descubrir, por recomendación de su psicólogo, qué tenían nuestras relaciones que la llevaban al orgasmo, lo que no ocurría con su amante con quién estaba próxima a casarse. Pero la magia se había terminado y emputada me dijo: No se cómo antes me hacías terminar, si coges peor que mi novio.

Esto de las relaciones sexuales es jodido, aunque mi hipótesis es que si amas a alguien tendrás relaciones sexuales satisfactorias. O mejor dicho, si los amantes se
aman, tendrán sexo satisfactorio. Pero de no ser así, no habrá magia y la magia en el sexo es imprescindible, como los valores y principios en política, aunque muchos de los políticos parecen ignorarlo.

Pero su historia tal parece que no concluyó como yo la imaginaba: casada y feliz con el universitario, quien para entonces ya estaría graduado. El padre de éste viudo y millonario, magnate de las comunicaciones, igual se prendó de la Amanda y ésta, que siempre había tenido predilección por los hombres mayores, se deshizo del hijo y se casó con el padre. Ahora posee enorme fortuna en la tierra azteca, pero carga en su historial con dos cadáveres, el del hijo que se suicidó y el del padre que murió de pena.

La hija y la hermana del magnate fallecido, sospechaban de la Amanda y pelearon la fortuna que ella iba a heredar. ¿Quién podía creer que alguien se pudiera morir de pena, de tristeza? Sin embargo, tampoco se pudo comprobar que hubiese mano criminal tras el deceso del don. Recientemente, algunos estudios científicos han descubierto, que en tales casos, se encuentra una enorme concentración de feromonas en el cerebro. No se dice que la concentración de las feromonas en el cerebro sea la causa del deceso, pero si que existe una correlación muy alta. Mejor para la Amanda, de ser cierta tal hipótesis y si le hicieron autopsia al viejo y encontraron la concentración de feromonas, de lo contrario para la familia de los difuntos, hijo y padre, ella seguirá siendo la asesina. Y es que a decir verdad, ella fue la responsable, directa e indirectamente, de aquellas muertes. Quién sabe por qué razón, pero a menudo, el sexo está relacionado con la muerte.

******

Decía páginas arriba que la Amanda me localizó, no gracias a mi tía abuela, sino por la referencia a la publicidad. Pero sin embargo, mi relación con mi tía abuela fue muy especial. Nada de sexo, por supuesto, ella, era una anciana. No obstante me ayudó a librarme de aquella que yo consideraba mi gran amor. Mirá, me decía, ella es turca y los turcos son pata chuca. ¿Cómo vas a soportarle su mal olor? Aunque ella no me convenció del todo, la Ada no fue la mujer de mi vida como yo creía por ese entonces, además de pata chuca era interesada. Mi tía abuela, era una anciana bella, cuando me gradué de bachiller me regaló el traje, cuando pasé de sexto a séptimo me regaló unos patines, con los que hice maravillas. Si alguien me ayudó a confiar en mi fue ella, me consideraba, más inteligente de lo que en realidad era. Cualquier tontera que yo manifestaba, ella le daba su interpretación y yo salía muy bien librado, además me hizo conocer a Garrid, el de reír llorando; sin embargo, nunca me perdonó, dos cosas: la primera que me hubiera ido a Rusia, a la URSS, para ser más exactos. Cuando volví en total miseria y busqué su ayuda, sencillamente me decía, Quien mal se gobierna despacio padece. Ella siempre se opuso a que yo marchara a Moscú. Y la otra es que yo hubiese comentado en la sobremesa acerca de su amor de juventud en Zacatecoluca, en presencia de mi tío abuelo, quien indignado se levantó de la mesa. Ocurría que dos veces por semana, yo llegaba a almorzar donde ella, quien me regalaba diez centavos para el bus de regreso. Pero yo esperaba el bus de la Universidad, me iba gratis y aquellos diez centavos me servían para comprar cinco cigarros. Tampoco gastaba en la ida, pues, usaba el bus de la Universidad. Cuando uno es joven y pobre se las ingenia para la consiga.

No se si algún día me perdonó, pero esa vez que fui indiscreto, me exigió que yo le dijera al tío abuelo que eran mentiras lo que había dicho, pero como era verdad, no pude hacerlo, y me fui, pero me llevé una cuenta de ahorros que ella me había abierto en un banco con la esperanza de que me ganara una beca que rifaban. Noventa colones, eran tan sólo, pero me sirvieron de mucho. Le explique a mi padrino, con quien vivía, lo que había pasado y él me dio la razón. Que no joda esa vieja, me dijo, si ella te había contado que en su juventud tuvo amores con otro, que se deje de mierdas. En lo que si se que fallé, es que tiempo después le quise coger la mujer a mi padrino, afortunadamente, para mi y mi padrino, ella, era una mujer decente y me dijo, Pero y a vos que te pasa, cabrón. ¿Crees que soy puta? Y me dio una semana para que me fuera a la mierda. Afortunadamente, salió la beca de la Universidad y me trasladé a vivir en la primera residencia universitaria.

A veces uno, al calor de los tragos, hace cosas indebidas. Yo en muchas ocasiones las hice; sin embargo la suerte me acompañó, como aquella vez que seguí a una mujer que era puta de los militares, quienes tenían un burdel muy exclusivo, pero yo no lo sabía. Llegué hasta la puerta de entrada y me lanzaron tres vigilantes para que me capturaran, corrí lo más que pude, hasta me salté una barda, en cuyo alambre espigado dejé parte de mi camisa y de mi espalda. Pero seguí corriendo, hasta llegar al descampado, donde la policía me encontró escondido, en una hondonada, de allí me condujeron al cuartel central de la policía, donde me divertí esa noche, jugando trecillo con los otros prisioneros. El lunes, mi esposa, pagó la multa sin preguntarme nada. Cuando no amanecía los sábados en la casa, ella ya sabía que debería irme a buscar a la policía. Me entubaron tantas veces, que para ella ya era una costumbre ir a pagar la multa y sacarme de las ergástulas de la policía, pero no por político, sino por bolo.

********

Luego que perdí el sofá en la agencia de publicidad, fui a parar a un corredor en la casa del padre de un compañero de trabajo. En verano la frescura del corredor resultaba agradable, pero en invierno me azotaba la lluvia y tuve que abrigarme en los brazos y en la cama de la hija mayor de quien me daba de dormir. La mujer estaba vieja y fea, pero me quitaba el frío en las noches invernales. La relación terminó, cuando me acusó de haberle transmitido una enfermedad venérea, pero yo estaba sano, lo cual indicaba que ella había hecho sus tiros por otro lado.

Del corredor pasé a vivir a la casa de otro amigo, en un cuarto con piso de tierra muy propicio para las pulgas, sin energía eléctrica, pero donde la lluvia no me alcanzaba y yo si alcanzaba a la empleada doméstica. No recuerdo siquiera su apariencia física, lo cual indica que durante el día me resultaba invisible y tan sólo la sentía durante las noches. A este momento, ya ganaba un poco más y estaba harto de aquella forma de vivir. Bebía demasiado, seguramente, para fondearme y no darme cuenta de mis anocheceres.

Fue así como comencé a explorar la posibilidad de formar un hogar y me encontré con una ex novia de bachillerato. Comencé a salir con ella y luego de tres meses, le pregunté: no, si me amaba, sino si le alcanzaba lo que ganaba para vivir y ayudarle a su familia. La respuesta fue afirmativa cual era mi caso también. Entonces le propuse que nos casáramos y así lo hicimos. Tuvimos dos hijos, compramos una casa, nunca padecimos de problemas económicos. Nuestra vida, creo que fue agradable, luego que yo dejara de beber. Pero algo le faltaba. Esta es una forma hipócrita de hablar, de no querer reconocer que no la amaba, que, incluso, resentía desprecios suyos cuando fuimos compañeros en el bachillerato, como la vez aquella, cuando se la pasó bailando con un pendejo toda la noche, fingiendo ser feliz y que yo no le importaba. El orgullo en la juventud es un mal terrible, pero con los años hasta éste va pereciendo, agotándose, como uno mismo.

Además tenía una forma curiosa de joderme, siempre me decía, El día que te encontrés una mujer más joven que yo, me abandonarás. Lo cual, ciertamente, me parecía tonto y nunca la tomé en serio. Como, dije, tenía una vida tranquila y todo lo necesario para disfrutarla. Profesionalmente, luego de dejar la publicidad y de trabajar en la UCA, me sentía realizado. Había dejado de beber, ya hacía mucho tiempo y hasta pensaba que si dejase de fumar, sería casi perfecto.

Pero un día, cuando estudiaba en la UCA, para mi desgracia o mi fortuna, decidí asistir a la casa de una compañera a realizar un trabajo y me encontré con su hermana que era pitonisa. Me leyó la mano izquierda y entre otras cosas ciertas acerca de mi personalidad, que bien podría saberlas mediante su hermana, me dijo: Tendrá cinco hijos. Solté una carcajada y le respondí: Aquí si se fregó porque la fábrica ya está cerrada. Mi esposa se había esterilizado y yo no concebía el que pudiera iniciar una nueva relación a mi edad, cuando, incluso, me sentía que podía morir tranquilo, había realizado todo lo que me había propuesto.

Pero aquella pitonisa sabía más de la cuenta y casi al final de mi vida puedo decir que no se equivocó: Tengo cinco hijos. A veces he dicho que, mis últimos tres hijos, son responsabilidad de la pitonisa, que de no haberla conocido, ya me habría librado de las responsabilidades paternas y podría morirme tranquilo, ahora mismo.

Capítulo 3: Algunas cabronadas que recuerdo


En esa juventud desenfrenada y en una de esas noches de bailes, llegué acompañando a una jovencita al Festival de la Caña de Azúcar en Cojutepeque y bailábamos muy felices y acaramelados, hasta que tuve que ir al bar por una cerveza, y me encontré con la novia de mi pueblo, aparecida como por arte de magia. Yo no sabía que ella era candidata a reina del festival y por eso se encontraba allí, lo cual era excepcional, ya que no le permitían asistir a los bailes del pueblo. Pero que maravilloso, que fortuna la mía encontrar allí, a mi primer amor, mi amor eterno, mi romance rosa, ingenuo, más de ojos que de besos, ya no digamos de sexo y nos dedicamos a bailar como si sólo notros existiéramos y es que era apenas la segunda vez que estrechaba en mis brazos aquel su cuerpo rollicito pero de un rostro primorosamente bello, al menos su sonrisa, me parecía angelical. Aquella chica me gustaba y durante muchos años creí amarla.

Recuerdo que la conocí cuando andaba enyesado por una fractura de mi brazo derecho, no se si fue en la primera o en la segunda vez, ya que en el mismo año me fracturé en dos ocasiones, una jugando fútbol y la otra básquet. Tenía por entonces 14 años y para la noche del baile ya estaba en primer año en la universidad. Fue un romance largo, pero con tan poco que contar. A no ser los besos furtivos que le daba los viernes en la biblioteca del pueblo donde ella trabajaba. Pero cuando la veía, nadie más existía para mí y bailamos todo lo que duró aquel baile. De manera que al finalizar el festival, cuando nos separamos, y sólo hasta entonces, observé a la jovencita con la que había llegado, muerta en llanto, y ella, por ese entonces, era presuntamente mi novia, cenaba y dormía en su casa, y sólo porque no deseaba casarme, nunca penetré a su dormitorio.

Años después, me confesó, que siempre dejó el cuarto sin llave esperando que alguna noche me atreviera a dormir con ella. No se ni cómo me perdonó. Bueno, le hice el truco del llanto con el humo de un cigarro y como sólo lloraba con un ojo me restregué el otro, fingiendo que también lagrimeaba como el afectado por el humo. No se si se lo creyó o a lo mejor nunca me perdonó, lo cierto es que volvimos a ser novios, hasta antes de mi partida para Europa, pero cuando volví, ella que me había hecho llegar hasta Moscú un disco titulado: Jamás te olvidaré, oyendo el cual me puse tremenda borrachera, me resultó con que tenía novio y no le parecía noble de su parte dejarlo, sólo porque yo había vuelto. Deme un año, me dijo, y entonces hablamos. Se lo di y al año volví. Necesito más tiempo, fue su respuesta. Se te acabó el tiempo, me dije.

Curiosa que es la vida. Diez años después se apareció en mi vida. Se había divorciado, tenía dos hijos y quería que yo también me divorciara. Nunca se lo expresé, pero yo me dije: Si coger querés, pues, cojamos. Pero hasta allí. En ocasiones, hasta la hacía que pagara el motel. Recientemente murió y no asistí, ni al velorio, ni a su funeral. Aquel era un caso concluido, además de que hay dos lugares a los que odio asistir: los hospitales y los cementerios, a no ser de visita, a estos últimos, en los días de los muertos, cuando no hay lágrimas sino flores y coronas, me agrada el olor a ciprés. Y se que el día que me entierren me sentiré muy a gusto en mi última morada, si me siembran un árbol de ciprés a un lado de la tumba.

Con esta chica tuve que sufrir las pruebas de su primo, quien después descubrí que era su hermano, pero que lo habían dado en adopción a una familia muy rica de San Salvador. Y siendo el único varón de la familia se sentía responsable de su hermana menor y me invitaba tanto a jugar billar, como ajedrez y siempre salía derrotado el pobre. Nos llevaba a ver los circos de la feria de San Salvador o a cruzarnos en su carro por los chupaderos de la capital, los cuales yo ya conocía pero nunca hice ningún comentario. Me preguntaba sobre mi carrera y sobre mis planes a futuro. Nos llevaba a la casa de una tía a quien mantenía y con quien siempre sospeché que tenía una relación incestuosa. Nos dejaba a solas y el salía con la vieja solterona. Allí fue donde descubrí que ella usaba papel higiénico en sus sostenes para agrandarse el busto. Pero ni aún así la quise coger. No estaba dispuesto a que me casaran.

Su hermana, la mayor, casada con un escritor y ella misma poetisa, regresaba de Europa y quiso conocerme o más bien interrogarme acerca de mis ideas de izquierda. Con mucha autoridad me manifestó que en Europa el marxismo había caducado y me regaló un libro sobre Kierkegaard, conocido existencialista a quien nunca comprendí.

Años después, por esas cosas de la vida, cuando me dediqué a la publicidad, luego de venir de Moscú y no encontrar empleo por ninguna parte, trabajé con su esposo, quien me consideraba un brillante publicista, aunque quedó muy decepcionado de mi, cuando no aproveché las muchas oportunidades que me brindó, para convertirme en un lameculos de los militares en el gobierno, como lo era él.

Ocurrió que cuando regresé de Moscú, a causa de la muerte de mi padre, luego de dos años, tres meses y siete días y necesitado de un empleo para cubrir las necesidades de mi madre y mis cuatro hermanos, así como las mías, todas las puertas que toqué, de amigos o familiares de mi padre, estaban cerradas. Probé después con mis amistades y por fin, luego de un interrogatorio bestial, logré la oportunidad de trabajar en publicidad. Tenés tres meses para demostrar tu capacidad, me dijo, mi futuro jefe. Luego de cumplido este plazo perentorio, me dio seis meses para aprender el negocio.

Años después convencí a una vieja, conocida mía en el ambiente publicitario, para que pusiéramos una agencia de publicidad. Lo hicimos, éramos socios, aunque ella se asignó el 70% y a mi sólo me dio el 30% de las acciones. No dejó de emputarme, porque el cerebro del negocio era yo. Pero ni modo, así eran las cosas. Pues en esas andaba, laborando en publicidad con sueños de grandeza, cuando trabajé para una medio hermana del cuñado de la chica de quien aquí me ocupo, su esposo, el de la media hermana, un gringo de origen italiano, quien había sido gerente de algunas transnacionales en América Latina y ahora se había embarcado en una empresa propia con su antigua secretaria en El Salvador, me tomó mucho cariño y, a quien le oía le manifestaba, lo buen publicista que yo era. Fue así como su cuñado y ex concuño mío, me conoció. Pronto me ofreció que le hiciéramos alguna publicidad al gobierno y así lo hicimos, hasta que mandé a la mierda la publicidad, luego de graduarme en la UCA y dedicarme a las labores docentes, investigativas y de proyección social. Este era mi mundo y por eso mismo ya llevo más de veinticinco años dedicados a él.

*****

Siempre he sostenido, que a mis novias antes de conocer Moscú, no las llevaba a la cama, pero buceando en las profundidades de mi memoria, se me ha aparecido una morena que era secretaria del Plan Básico, allá en mi pueblo. Mujer guapa, de pelo negro y hermosas tetas, pero lo sobresaliente en ella era su caminar sensual.

Se lo juro, al verla caminando desde atrás, uno sólo pensaba en que te poseyera. Yo estudiaba por ese entonces noveno grado, tendría apenas quince años y la morena me encantaba. Era mayor que yo, obviamente. Pero ella vivía sola en aquel pueblo que no era el suyo. Alejada de su casa y de sus amistades, padecía terrible soledad. Como el sueldo era miserable, le habían dado un cuarto en el local del Plan Básico, donde también tenía el suyo el director o a lo mejor era por eso, que él se lo consiguió con la directiva de padres de familia, vaya usted a saber.

Yo comencé a visitar la secretaría con una frecuencia inusual, pero nadie, a excepción de la morena, sospechaba nada. Ella, si comprendía que llegaba a verla, que me gustaba y a lo mejor que yo también a ella. Siempre tenía una apariencia de haber dormido mal, aunque no bostezara, pero la forma en que miraba y se entre cruzaba el cabello negro con los dedos de la mano izquierda, se me figuraba que acababa de despertar.

Andaba en esa edad en que se nos ha despertado el apetito sexual, pero no era el único, también a Chungo, a Caballo Seco, a King Kong y a Fillona, les pasaba lo mismo. Pero Chungo era más chero con migo y quizá por eso nos pasó lo que nos pasó. Pero volviendo a la mujer que deseaba, porque a la que amaba era a la Alba, que después resultó no llamarse Alba. Un día cogí todo el valor del que podía echar mano y le dije a la morena que si nos veíamos a la noche. Venga a las siete, me dijo. Coño, salí más feliz que mi hermano cuando se ganó la lotería y corrí a buscar a Chungo para contarle. Tenía que compartir con él aquel milagro de amor. Inocentes que somos cuando jóvenes. No sabía qué iba a pasar, si aquello era en realidad una cita o sencillamente, que ella necesitaba alguien con quien platicar para matar el largo hastío de las primeras horas de la noche en aquel pueblo donde vivía sola.

Pero a las siete en punto, yo estaba tocando el portón del Plan Básico y ella me abrió con la displicencia que le era característica y, luego de saludarnos, me pidió que nos sentáramos en la grada. Comenzamos a hablar de cualquier mierda, del clima, del pueblo, del cine que era la única distracción del pueblo, de los muchos borrachos que existían, pero no llegábamos al punto. Hasta que le pregunté: Y usted tiene novio. No, me respondió, tuve uno pero ya quebramos hace tiempo. Nuevamente me hizo sentir feliz, si me respondió que no tenía, aunque lo tuviera en su pueblo, era porque quería andar con migo. Esa fue mi conclusión, la cual obviamente, podría estar mil veces equivocada. Pero a mi me dio confianza para decirle lo mucho que la amaba. Y la morena, sin más bla bla, me atrajo hacia ella y me besó. La calle estaba desierta, en los pueblos, en aquellos tiempos la paz y la tranquilidad llegaba luego de la oración a las seis de la tarde. De modo que nos pegamos terrible amontonada hasta las ocho de la noche. Cuando me pidió que volviera a las diez de la noche y le tocara la ventana.

Muchas noches pasé tocándole la ventana a las diez de la noche y penetrando por ella hasta su cama, donde hacíamos el amor, por lo menos, hasta las doce. Era como yo me la había imaginado, una mujer echa para hacer el amor. Toda la displicencia del día, se transformaba en una increíble actividad sexual por la noche. Pero un día la perdí por cabrón y por pendejo.

Chungo, mi gran amigo, andaba queriéndose suicidar porque la bicha a quien amaba no le hacía caso y lloraba a mares cuando le contaba de lo lindo que cogía la morena. Yo quería ayudarle a mi amigo, de modo que siguiendo la magia del Libro de San Cipriano o el Tesoro del Hechicero, lo puse a contemplar la luz de una vela reflejada en un vaso con agua, mientras pensaba profunda e intensamente en su amada y pronunciaba de manera casi susurrada: Te amo, Clelia, Te amo, Clelia. Como esto no funcionaba, lo llevé a las doce de la noche a una cruz de calle en las afueras del pueblo, donde lo hinqué en cruz y lo hice jurar que si la Clelia lo aceptaba, la amaría por toda la vida.

Desafortunadamente para Chungo, no funcionaban los hechizos y comencé a temer por su vida, de modo que le ofrecí una salida momentánea. Andá vos esta noche a las diez donde la morena y como no enciende la luz, te la coges, fingiendo que soy yo. Pero eso si, no vayas hablar hijo de puta, porque entonces te va a descubrir. A las diez me encaminé con Chungo a la ventana, dio los tres toques, que eran nuestra contraseña y la ventana se abrió y Chungo penetro.

Pero la semidormida de día, de noche estaba muy despierta y al instante el Chungo, venía de regreso. Yo perdí a mi cuero; sin embargo, al poco tiempo el Chungo se consiguió a la Clelia, mis hechizos dieron resultado supongo y según se, siguen aún casados en Los Ángeles, hacia donde partieron, luego de casarse, muchísimo antes de la guerra.

De haber tenido un poco de paciencia, todos hubiésemos sido felices: el Chungo, la Clelia, mi morena y yo. Pero después de mi cabronada, ya nunca más volvió a hablarme, mucho menos a abrirme la ventana.

*****
Al terminar el bachillerato estaba claro que no tenía recursos para continuar en la Universidad, ya que me había marchado del pupilaje, allá en Cojute, con una generosa condonación de las últimas tres mesadas no canceladas. De modo que acudí donde mi madrina, cuyo esposo era personaje influyente dentro del partido en el poder, el PCN, que aún sigue vivo de manera increíble. Y el pacona, que así les decían a los del PCN, me consiguió, según me dijo, un trabajo de maestro en Santa Tecla con el Delegado Departamental, de tal manera que pudiera trabajar y estudiar. Me apersoné donde el Delegado, quien me manifestó que plazas en la ciudad no habían, pero que si quería trabajar, había una en la finca El Rosario en jurisdicción de Comasagua. No tenía otra alternativa y acepté. El Delegado llamó por teléfono y me informó que debería de estar el domingo por la tarde en la entrada a la finca. Así lo hice. Luego de esperar como media hora llegó un hombre de apariencia extranjera en un jeep sin capota. Se estacionó y comenzó a platicar con migo, después de una muy larga conversación, el hombre impaciente, se dijo para si, pero yo pude escucharle, Puta estos maestros son todos iguales, irresponsables hasta la mierda. Mire si ha venido el muy cabrón. En mi temprana juventud lo que menos parecía era un maestro rural, de modo que le dije, yo soy el maestro. Puta, respondió, y por qué no me lo dijo. Pues, porque no me preguntó, respondí. Súbase, hombre, que a recogerlo he venido.

Cuando nos aproximábamos al casco de la finca, alcanzamos a una muchacha joven que caminaba por el polvoriento camino. ¿Te llevamos Rinita?, le gritó, el señor con quien me conducía. No, muchas gracias, fue la respuesta de la joven. Me quedé intrigado por aquel rechazo, pero nada comenté. Me alojaron en una casa de dos aguas, sin energía eléctrica pero si con agua, aunque no me atrevería a decir que era potable. Al rato fue apareciendo la joven y me saludó muy cortésmente. Ella vivía en el otro cuarto de la casa con una compañera. Me había informado el segundo jefe de la finca, quien me había conducido, que tenía derecho a víveres, pero que los profesores se los entregaban a una señora, quien con un recargo nos mandaba la comida.
La primera cena y el primer desayuno, de no haber sido por la Rinita, que me invitó, los hubiera pasado en ayunas. Luego se normalizó la situación. Cuando ya estaba oscuro, oí risas en el cuarto de al lado, había llegado la otra profesora. Una morena achinada muy simpática. La Rinita era pequeña, de bonito cuerpo y unos ojos verdes preciosos. Su hogar era en Comasagua, donde su madre le cuidaba a una pequeña hija que poseía.

Era una finca cafetera, creo que parte de la Cordillera del Bálsamo, donde los árboles no paraban de lagrimear aunque no lloviera, había muchas casas desparramadas en una loma, donde vivían los trabajadores de los niveles medio y superior con sus familias, así como el director de la escuela. Nosotros, los tres profesores, así como otros trabajadores, en la parte baja de la loma. Las casas tenían muchas flores y estaban pintadas todas de blanco con techos de tejas rojas. Se podría decir que el lugar era bonito y quizá por ello, la Rinita, ya llevaba varios años trabajando allí.

Los días fueron pasando, le daba clases a dos grados y era el encargado de la disciplina en la escuela. Con la Rinita nos fuimos haciendo amigos y siempre regresábamos juntos al atardecer, me enteré que era madre soltera y que estaba disponible. Una noche después de asistir a una fiesta en la casa del tercer jefe de la finca y luego de tomar una bebida de chaparro preparado, terminamos cogiendo en mi cuarto. Aquello se hizo una práctica habitual, todas las noches llegaba a mi cuarto y fue con ella que descubrí, aquello de ponerle la almohada debajo de las nalgas a las mujeres para coger más rico. Me contó que su sueño era poder seguir estudiando, sacar una licenciatura en educación, pero que necesitaba del apoyo de un hombre. Pero un hombre que le fuera leal, no como el padre de su niña, que nunca le había ayudado aunque era su responsabilidad hacerlo. Para ella sola resultaba bastante difícil. Yo le prometí ayudarla. Después de tener sexo no es momento para decirle a una mujer que no puede contar con uno. Pero en mis adentros sabía que no era verdad, yo estaba allí para mientras, ganando unos cuantos pesos para entrar a la Universidad. Ya había realizado el examen de admisión y sólo esperaba los resultados para saber si podía matricularme. Un día los supe y cuando llegó el momento de matricularme, lo hice, y no me volví a aparecer por la escuela de la finca El Rosario.

Años después, pero muchos después, me encontré a la Rinita en la UCA. Ella estudiaba licenciatura en educación y yo sociología. Cierta vez en el cafetín le dijo a una compañera, Mirá, el viejo se hace el que no me conoce. Yo, dirigí mi mirada hacia ella y la reconocí en seguida, a pesar de las muchas huellas de la vida que portaba en su rostro donde generalmente éstas se posan. Sólo la saludé en esa ocasión. Después platicamos y me contó algunos pasajes de su vida. Por ejemplo, que el padre de su hija era el viejo con apariencia de extranjero que me condujo en el jeep hasta la finca. Que el muy cabrón la había violado cuando apenas tenía catorce años, cuando llegaba con su madre a cortar café y que durante muchos años albergó la esperanza de que le cumpliera la promesa de casarse con ella, cuando creciera un poco más. Pero yo era una tonta, si él violaba a todas las cipotas que llegábamos a la finca. Aquello era peor que el derecho de pernada en el feudalismo, porque las que salíamos embarazadas, nos resultaba casi imposible el casarnos. Después, seguí en la finca, me dijo, tan sólo para vengarme del hijo de puta. Por eso, no te sintás mal, vos me ayudaste a mi, más de lo que te imaginas. Sufría a mares, el cabrón, sabiendo que yo dormía con vos. Por suerte, para vos, que te viniste, porque ya te tenía en la mira de su fusil y no ibas a ser el primero que se echaba. Mirá, en esas fincas se mataba a la gente, como si fuesen animales.

Vaya y yo que me sentía haber sido un cabrón con ella. Pero es que a lo mejor, siempre lo fui, aunque ella me excusara por haberme utilizado. Pero en el fondo de su alma, estoy seguro, que llegó a enamorarse de mí. ¿O será acaso tan sólo vanidad mía, para no sentirme instrumentalizado, luego de tantos años de haber cargado con aquel presunto pecado?

********

La Suyen era mitad guanaca, mitad china. Morena, de pelo negro liso. De ojos rasgados como los orientales. Nalgas pequeñas y piernas bien formadas. Yo le encantaba, decía que era muy ingenioso. Tenía un novio bastante pendejo, ingenuo, digamos para no ser muy cruel, quien nunca se la cogía y ella estaba con todas las ganas del mundo. De tal manera, que le propuse matrimonio. Ella, al principio no lo creía. Cómo voy a creer que usted se quiera casar conmigo, me decía, si usted es bien novio. No, en serio, Suyen, yo me quiero casar con vos. Ya estoy harto de andar jodiendo por la vida y necesito formar un hogar.

La Suyen, con los días, terminó creyendo mis promesas y abrió sus piernas. Cogimos de lo lindo, pero yo nunca más hablé del matrimonio. Cuando comenzó a presionarme, sencillamente, me cambié de trabajo y me olvidé de ella. Por esa época, iba por la vida, tan sólo buscando donde meterla y la que encontraba desprevenida, pues, me la cogía y ya.

Años después, me la encontré, se había casado, aparentemente, tenía un buen hogar y sin embargo; quería seguir cogiendo con migo. No se por qué. Nunca lo entendí. Hasta que una amiga de ella y mía, me lo contó todo. La muy hija deputa, quería vengarse de lo que le había hecho. Pero no se pudo, aunque bien que me lo merecía. Sin embargo, estuvo a punto de lograrlo, su marido un puto internacional había contraído SIDA y la había contagiado, al saberlo, además de todas las reflexiones que se hacen, del dolor y la rabia que aparecen, ella pensó que yo era el responsable de su situación, si yo me hubiese casado con ella, nuca habría contraído el SIDA, de modo que decidió cobrárselas con migo, por eso quería nuevamente poseerme, pero no se pudo.
Y no se pudo porque yo buscando alejarme del alcohol que tanto daño me había hecho, ingresé a los Alcohólicos Anónimos y allí con sus normas y principios, entendí que una infidelidad me podría nuevamente llevar al alcoholismo y yo andaba queriendo librarme del mismo, de modo que no me dejé seducir, no me dejé poseer por ella. Y mire de lo que me libré, sin saberlo. Pero es que mi Diosito, me tenía preparado un futuro diferente, nunca quiso que muriese joven. Sin embargo, aún no se para qué, qué me tenía reservado?

Capítulo 4: Algunas cabronadas que me hicieron


¿La amé o tan sólo creí que aquella emoción era amor? A los 14 años, ¿sabrá uno lo que es el amor? No se. Pienso que tan sólo eran figuraciones, trampas del cerebro, engaños del corazón. Sin embargo, ahora que estoy viejo, disfruto escuchando aquella canción de Ray Conif, Bésame Mucho, que bailamos por primera vez. El ritmo y la melodía me hace resentir la dureza de su cuerpo, sus piernas rollizas, su busto frondoso que nuca acaricié. ¿Me querría? Ciertamente, ni siquiera debía de preguntármelo, ya que bastó el que me ausentara un tiempo, para que saliera con otro, con el que se terminó desposando. ¡Claro! Tenía excusa. Yo había muerto. Nunca recibió mis cartas, la encargada del correo se ocupó de quemarlas. Mis amigos de guardar un minuto de silencio. Ella guardó medio luto durante seis meses. El complot funcionó. La URSS donde yo estudiaba era tierra lejana y prohibida. Nadie salía vivo de detrás de la Cortina de Hierro, al menos eso era lo que pensaban en mi pueblo.

Pero como las cosas no siempre son como se las imagina la gente, ni terminan donde debían de terminar, un buen día a mi regreso de Moscú me la encontré, antes de que se casara y le dije: ¿De manera que te vas a casar con ese pendejo? No se si me conviene, respondió. Preso de la furia y la indignación que generaba su traición: le respondí: Claro, que te conviene, tiene dinero y yo lo único que tengo son sueños, esperanzas. Cásate con él. Y es que era cierto, yo sólo tenía sueños, esperanzas, aunque un día se hicieron realidad y ella no estaba con migo para disfrutarlos. Fue la última vez que la vi, antes de casarse. Así terminaba una relación que para mi, era de las más importantes de mi vida, ella había sido el amor de mi vida. Ella era la chica que desde la banca del viejo parque, pasé muchas noches observando la puerta del almacén de sus abuelos, con la esperanza de que esa noche saliera y como nunca lo hacía me conformaba con nuestro mirar entrecruzado. Este si fue un amor de ojos. Pendejo, como pocos, pero para mi en aquella época un gran amor, aunque mi tía abuela rica, dijera que ella era pata chuca como todos los turcos.

Después, pero muchos años después, me la encontré en el cementerio, cuando andábamos visitando a nuestros muertos, cualquiera diría que era una actitud tonta y sin sentido, pero siempre lo hemos hecho y lo seguiremos haciendo. No hablamos, sólo la vi pasar con el imbécil de su esposo, mitad pueblerino y mitad ganadero. Ella depositó su mirada en el suelo y caminó como poseída, tal parece que aún me amaba, pero a mi, para ese entonces, me valía verga.

Luego, con los años que no dan tregua a nuestra vida, tuve a un estudiante que era novio de una de sus hijas y me preguntó por ella. Licenciado, usted conoce a Blanca Rosa, me dijo. No, le respondí, no se quien es, ¿por qué? No, por nada, respondió. Pero a la clase siguiente, me preguntó: Y a Ada, la conoce. Si es una Ada de Ilobasco, si, creo que fue mi novia. Es que ocurre que su nombre real es Blanca Rosa, me dijo, pero su padre se lo cambió por Ada que era el nombre de la mujer con la que se casó ya teniéndola a ella, como para decirle que la amaba tanto que hasta llamó Ada a esta hija fuera del matrimonio.

De tal manera, pensé, que si yo hubiera escrito su historia, la habría hecho sobre una persona que no tuvo existencia jurídica. Si me hubiese casado con ella, cual era mi intención, el matrimonio no hubiese sido válido, a menos que hubiera seguido un juicio de identidad. Interesante, pensé, creí amar a una mujer que no existió, porque creí amar a Ada, pero no a Blanca Rosa. ¿Quién es Blanca Rosa? Imagínese usted si Julieta, no fuera Julieta, o si María resultara ser de pronto Juana, o si Beatriz, fuese Xochitl. Si acaso amé a Ada, amé a alguien que no existió.

En otra ocasión el estudiante me habló de ella, me contó que ella le había dicho que yo era muy inteligente y que siempre salí bien en mis estudios. Que cuando saqué bachillerato hasta me premiaron y ella me regaló una camisa que cogió del almacén de su tía. Que ella me admiraba mucho, aun ahora, y que le encantaría volver a verme. Pero yo no tuve ánimos, como para buscarla y cobrarme las noches de sexo que me debía. ¿Qué sentido tiene cogerse a una vieja, que no logramos coger de joven? Aquello era un asunto concluido. Yo ya tenía una segunda esposa. Una mujer joven a la que amaba y no iba a arriesgarla por un culo viejo y flojo. ¿Pragmatismo? En el sexo se vale, en política es cuestionable.

******

Allá en el pueblo donde nací, en una antigua casa señorial con muchos cuartos y tres patios, aunque mi padre sólo poseía uno, para vivir con su mujer y para entonces, dos hijos, vivíamos algo estrechos, apretados, hacinados, se dice. Pero no se crea que yo me iba a conformar con tan miserable habitación, pronto comencé a invadir toda la casa de mi abuela y terminé disfrutándola toda, aún cuando mi padre se marchó a su casa por fin recuperada, la que le dejó mi abuelo, su padre, y que por fin conseguía habitar luego de un largo litigio con el inquilino que no la quería soltar.

Allá, había una chica de cabellos rubios, de boca risueña y de mirar suave, cuerpo delgado pero bien proporcionado. Tendríamos quizá doce años cuando descubrimos que nos amábamos, pero no éramos novios, sino tan sólo amigos, pero nos gustaba estar juntos, platicando, bromeando, fregando. Ciertamente, el decir que nos amábamos es tan sólo un decir, a los doce años qué putas sabe uno acerca del amor, aunque se sienta enamorado. Asistía a las fiestas en su casa donde se bailaba la raspa y el charleston, pero lo hacían los mayores, nosotros sólo mirábamos. Nunca nos habíamos besado, porque no éramos novios, sencillamente entre nosotros había una gran empatía.

Pasaron los años, crecimos un poco más y nos hicimos novios, aunque todo el mundo sabía que yo era el eterno enamorado de la Ada, pero como a ella la mantenían prisionera en el almacén sus abuelos y a mi la sangre me hervía, es lógico que buscara por otro lado mis amores. Y la Lupe estaba bonita, digamos que más que bonita, luego que desarrolló, se convirtió en una mujer preciosa. Sus padres no eran tan cuadrados, como la mayoría en el pueblo y hasta nos permitían ir solos al cine, donde nos besábamos mucho. Pero en los pueblos, como en todas partes, aunque mucho más en los pueblos, hay gente miserable que sufre con la felicidad de otros y por eso, seguramente, decidieron acabar con la nuestra. De modo que primero fueron a contarle a su padre de nuestros besuqueos en el cine, pero como él era un hombre maduro y sano mentalmente, que recordaba, perfectamente, su juventud, sencillamente, se puso a reír y les dijo a los informantes, Déjenlos, están conociendo el amor.

Pero para las mentes mezquinas de mi pueblo aquello era un escándalo, ¿cómo permitir que aquel hijo del borracho de mi padre pudiera ser feliz? De tal manera que se inventaron una historia terrible, de la cual yo nunca me enteré, pero eso si, la Lupe ya no volvió a salir con migo, nunca más me permitieron llegar a su casa y cuantas veces intenté hablar con ella, se escapaba sin decirme nada.

Viví largas horas de tristeza, la Lupe a decir verdad me gustaba más que la Ada ya que ésta era tan sólo una ilusión, un amor de ojos, en cambio a la Lupe la había besado, la había sentido, además nos comprendíamos muy bien. Ella pudo haber sido mi más querido amor de adolescencia, pero no pudo ser.

Pero como el tiempo todo lo aclara, años más delante me la encontré en la Facultad de Derecho, donde yo estudiaba tercer año y ella iniciaba el primero. Estaba próximo a partir para Moscú y tenía otras novias y la Lupe me había visto con ellas. Un día que estaba en el cafetín, echándome un cigarro con mi respectivo café, se llegó a sentar con migo y me dijo de sopetón, De manera que no sos afeminado. Y por qué me decís eso, le respondí. Y qué nunca te haz enterado que eso fue lo que le fueron a decir a mi padre, para que ya no nos dejara ser novios, respondió con rabia y tristeza.

De no haber partido para Moscú, hubiera tratado de recuperarla, pero a lo mejor ya era demasiado tarde, nos habían destrozado nuestras ilusiones de juventud y reconstruir lo destruido no siempre es posible. Perdí a la Lupe por marica, por cobarde, pues, pero no por homosexual, si hubiese persistido hubiera puesto al descubierto la falacia, pero no, permití que la mentira persistiese cuando me di por vencido y ya no la busqué. Así es la vida, no siempre hacemos todo lo que debiéramos hacer.
******

Una mini cabronada fue la que me hizo mi ex esposa, cuando vendió la finca en la cual yo pensaba pasar mis últimos años, escribiendo y viviendo de mis cultivos. Compré una propiedad en los años próximos a la guerra y como yo andaba metido en aquel lío polìtico-militar, me pareció que lo más conveniente era poner la propiedad a nombre de mi esposa. Ni soñaba por ese entonces en tener otro amor, otros hijos. Soñaba, si, con mi retiro. Esa ha sido también una de mis obsesiones fijas y constantes. Pero ni aún ahora, luego de jubilado logro retirarme, sigo trabajando casi igual que hace 10 años.

A la propiedad en cuestión le hice una casa, una represa para llevar agua a una piscina que también le había construido, un pozo para tener agua bebible, curvas a nivel donde sembré frutales, los cuales eran regados con el agua de la piscina, muchísimos árboles no frutales para tener sombra y frescura, una calle para llegar hasta la casa y todo aquello en lo que invertí tiempo y dinero, la muy cabrona de mi ex mujer lo vendió para vengarse.

Un día fui a reclamarle y le dije, vos traicionaste mi confianza en ti, vos sabías que la propiedad era mía, porque yo la había pagado, yo había invertido en ella y todo eso nada te importó, la vendiste y te cogiste el pisto. Mi hija que todo lo había oído, me dijo, pero papá ¿no crees que vos la traicionaste primero a ella, al irte con otra mujer?

Bueno, aquí se juntan las cabronadas que hice y las que me hicieron. ¿Qué puedo decir?

*******

Ella era una chica no tan bonita, pero a decir verdad superaba mis estándares en lo que a mujeres se refería. Nos conocimos en el parque Cuscatlán, adonde yo llevaba a pasear a mi primer hijo en su humilde y modesto cochecito, no tenía para más y qué le iba a hacer. Vivía a dos cuadras al sur del parque Cuscatlán, esto es, dos cuadras debajo de lo que en esa época era la línea divisoria entre la tranquilidad y el riesgo de un asalto, aunque no era para tanto. Ahora el límite se ha subido hasta la cuarenta y nueve y quién sabe si exista algún lugar seguro y tranquilo, las colonias cercadas, amuralladas, más parecen ghetos que zonas residenciales. Vivía en un modesto apartamento en un pasaje, luego nos conseguimos uno mejor en el mismo edificio, hasta que partimos a una colonia residencial. Pero esto fue mucho tiempo después, por ahora caminaba hasta la publicidad donde trabajaba, más de un kilómetro marchaba, pero me gustaba, ya que al atardecer cuando volvía del trabajo por la Calle Arce, por donde pasaba, los pájaros se adueñaban de los árboles y con su griterío, me animaban la vida.

Ella, la chica que había conocido en el parque, solía leer en una de las tantas bancas de aquel hermoso y tranquilo parque, yo caminaba con el niño en su cochecito. Esto fue, obviamente, muchísimo antes de la guerra, ahora si entras seguramente no salgas vivo, o dejas el cochecito, los zapatos, la cartera, el reloj, si no es que al niño también. Ahora vivimos en la ciudad del miedo.

Era obvio que yo tenía una mujer; sin embargo a esta chica de lecturas, eso no le importó y me hizo el invite. Yo que nunca despreciaba a una mujer, porque hacerlo es pecado, acepté sus requiebros y me senté a platicar con ella. Está demás decirlo pero era una chica interesante, huérfana, estudiante de primer año en la Universidad de El salvador. Sin novio, me dijo, pero quién sabe si no mentía. Tenía algunos rasgos misteriosos, nunca supe cómo y de qué vivía.

Platicamos, discutimos y después cogimos, aunque hacerlo nos resultó muy dificultoso porque yo no poseía un vehículo para llevarla a un motel, de modo que lo hacíamos al anochecer en el parque.

Sus opiniones políticas me parecían descabelladas, ella era partidaria del partido en el poder, a mí en cambio aquello me parecía una dictadura y obviamente, estaba a favor de un cambio. No entendía cómo una universitaria, pudiera apoyar a esa basca de partido o al miserable gobierno que teníamos.

Vinieron los años de la represión, aquellos ya próximos a la guerra. Ya no era seguro, ni siquiera, ir al parque Cuscatlán; sin embargo, la seguí viendo. A veces conseguía para un taxi y nos íbamos a un motel, en otras ocasiones llegábamos caminando, lo cual no dejaba de ser medio ahuevado, pero la necesidad se impone. Pero cada vez, estábamos más distantes, yo a favor de la incipiente guerrilla y ella a favor del PCN.

No se si eso fue lo que la llevó a serme infiel, o ya desde antes lo era. Lo cierto es que me contaron que estaba cogiendo con un militar, un tenientillo de mierda, pero la verdad es que me era infiel.

Intenté un día hacer que me confesara la verdad y para sorpresa mía, en medio de nuestra acalorada discusión, apareció el chafarote con seis milicos, me quedé mudo, sin nada que poder hacer. Los milicos dominaban nuestras vidas y ella, era la amante, de una de esas bestias. Me golpearon hasta dejarme casi muerto y sin ánimos de volver a verla.

Tiempo después supe de ella, fue cuando apareció su fotografía en los principales periódicos del país. Había sido liberada de las ergástulas del régimen, gracias a un canje de prisioneros, entre el gobierno y la guerrilla. Para esta época era una importante comandante guerrillera. Su discurso derechoso había sido pura pantalla y sus relaciones con el militar una tarea que le había asignado el Partido, para obtener información. Pero bien, de no haber sido por la pijiada que me dio el milico y sus choleros, a lo mejor me hubiese reclutado para la guerrilla y no estaría contando esta historia.