lunes, 14 de septiembre de 2009

Capítulo 18: La señora casada


Entre mis normas y principios siempre existió uno que decía: Nunca te busques problemas, porque ya suficiente con los que llegan sin buscarlos. De tal manera que enredarme con una mujer casada, no estaba en mi agenda, o bien, era de las relaciones que debería de huir. Sin embargo, todas las reglas tienen su excepción. De modo que sin buscarlo, ni proponérmelo, terminé siendo poseído por una mujer casada.

Por esta época trabajaba en publicidad y obviamente, ya estaba casado y tenía dos hijos, si esta historia no aparece dentro de mis infidelidades es por la forma en que yo entiendo la infidelidad. Si no amas a la mujer con la que te acuestas, no le puedes ser infiel y yo, a la mía, a la de esa época, no la amaba.

Pero dejémonos de reflexiones, que no tratan de eso estos memoriales. Al grano. La mujer estaba bella, tendría unos treinta y cinco años, o sea que estaba en la mejor edad. Era una fruta madura esperando a ser comida como guayaba madura, como una naranja amarillita o una papaya pintada. Jugosa, apetitosa, deseable y comible.

Su esposo era un hombre bien parecido y exitoso publicista, de manera que no entendía porque su mujer era tan amable y gentil con migo. De su forma de ser era fácilmente deducible que quería algo con migo. Aunque para esa época yo entendía que uno se puede equivocar y descodificar mal las señales. Y es por eso, y sólo por eso, que yo me hacía el pendejo. Mis principios, mis valores, mis normas casi valían verga, la mujer estaba divina.

No tenía todavía hijos, lo cual me hacía imaginar una vagina aún muy apretada, deseable, apetitosa. Pero y si me equivocaba. Puta qué huevo. Ella era la esposa de mi jefe, nada menos.

Durante un tiempo y a causa de las emociones que la mujer me causaba, dejé de aceptar las invitaciones de mi jefe a almorzar. Siempre encontraba un pretexto, aunque no siempre muy convincentes y él comenzaba a sospechar de mi negativa a aceptar sus invitaciones.

Cierta vez, él me presionó lo suficiente como para que no pudiera negarme y asistí. La mujer estaba feliz de verme y era evidente. El se retiró a hacer la siesta como solía hacerlo y quedamos solos. Demian, me dijo, ¿por qué no habías venido? Me turbé y no supe que contestarle. No te preocupes, yo entiendo, agregó. Tranquilo. Espérame mañana en El Salvador del Mundo a las tres. Tenemos que platicar. Bueno, respondí, como hipnotizado. Sus ojos rasgados, orientales, me parecían los de una víbora que me tenía dominado.
Allí estaba en el lugar indicado a la hora señalada. Afortunadamente cuando uno es ejecutivo en una agencia de publicidad posee libertad de movimientos y pude salir sin reportar mi destino, el cual suponía, era cogerme a la mujer de mi jefe.

Y no estaba equivocado, ella llegó a la cita puntual, me pidió subirme a su automóvil y me condujo a un motel, donde me poseyó todas las veces que quiso. No habló, creía ella y yo estoy de acuerdo, que el sexo silente es el mejor, porque sobran las palabras. Que te quiero, que te adoro….Mierdas, los hechos, son los que valen y valen más que mil palabras de amor.

Los miércoles a las tres de la tarde nos encontrábamos en El Salvador de el Mundo y de allí a coger. Hablábamos muy poco, casi nada. Hasta que un día yo me atreví a preguntarle, por qué le era infiel a su marido y su respuesta fue esta: Mirá Demian, me dijo, el es homosexual. Cierta noche en que estaba borracho con un amigo, los encontré cogiendo en la sala. El sabe que yo lo se y es por eso que no debes de preocuparte.

Yo me quedé horrorizado. Y al poco tiempo me ofrecieron trabajo en otra empresa y me cambié. La seguí viendo un tiempo más, pero mi lugar fue ocupado, por un joven universitario y de buena familia, es decir, que tenía dinero y parece que a ella, le pareció que era una relación con más futuro….

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