lunes, 14 de septiembre de 2009

Capítulo 6: Tres versiones de un mismo hecho y un error de identidad.


Rumbo a Moscú, luego de hacer escalas en México y Nueva York, nos tocó dormir en Paris. Éramos la delegación salvadoreña, el segundo envío a la tierra de los soviets desde la patria de Farabundo. Jóvenes todos, algunos ya habíamos pisado las aulas universitarias, otros recién salidos de bachillerato, pero todos con la ilusión de conocer el paraíso, el cual a mi se me derrumbó no mas llegué al aeropuerto, pero bien, no es de eso que trata este escrito, sino de las mujeres que conocí.

Pronto hice amistad con dos chicas. La más joven era una típica indígena, lenca, nahualt o pipil, qué más da, pero era bonita, eso si. La otra, muy pagada de si, se creía la Mis Universo, pero no estaba mal. Nos hospedamos en el hotel Proudón, en la calle de Los Mártires, en el centro de Paris. Nuestra fresca y tierna amistad nos llevó a no querer separarnos ni a la hora de dormir, de modo que los tres nos acostamos en la misma cama, ellas se cubrieron con el cubrecamas que para eso es y yo me acosté al centro sin cubrirme, ya que el cobertor las protegía a ellas de cualquiera buena o mala intención que yo tuviera. Y así amanecimos, tranquilos y sonrientes aquella mañana en Paris.

Esta es una versión, la otra es que una de ellas comenzó a roncar y entonces con suavidad y cariño, la que aún no dormía me hizo espacio debajo del cobertor y cogimos de a galán hasta el amanecer. Y así amanecimos tranquilos y sonrientes aquella mañana en Paris. Pero la otra versión, nos dice que la que estaba despierta, después de una buena cogida se quedó dormida y yo, con mis veinte años de virilidad activa, busqué a la otra y ella fingiendo no despertar, abrió sus piernas y yo la penetré sin mayor prisa. Lentamente, una y otra vez, hasta volver a saciar mis ansias de mujer. Mujeres divinas. Y así amanecimos, tranquilos y sonrientes, aquella mañana en Paris. Sueños de un adolescente en Paris. ¡Pero qué sería de la vida si no pudiéramos soñar!

¿Y qué fue de ellas? La morenita se casó con un chileno y se radicó en Santiago, pero para la caída de Allende en el 73, tuvo que refugiarse en Cuba. Luego volvió a Chile y trabajó para la CEPAL. Cierto día, después de más de tres décadas de no saber de ella, recibí un correo electrónico, en el cual me decía. Demian, no se si eres el Demian con quien estudié en Moscú, pero he leído tus artículos en ECA y tengo programado un viaje a El Salvador y me gustaría verte. Contéstame. Saludos. Berenice.

Obviamente, le respondí al instante. Aún recordaba y recuerdo todavía hoy, aquella pequeña pintura de un atardecer invernal en Moscú, donde los abedules despojados de sus hojas por el otoño, se dibujaban en silueta sobre el rojizo horizonte. Era una de sus obras preferidas y en un arranque de cariño, me la regalo. Vino al país y mientras degustábamos una taza de café, me contó de su vida y su trabajo. Increíblemente, los años no la habían maltratado, seguramente, porque llevó una vida feliz, la que bien se merecía.

A la otra, me la encontré después de la guerra, en un evento político. Le conté que había formado un nuevo hogar y que tenía tres hijos pequeños. Viejo, me dijo, con su cara de vieja amargada, Usted, como siempre de irresponsable. No la volví a ver y para qué, si ni siquiera conversar con ella se podía.

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Me había casado, pero mis visitas al Faro continuaban como cuando estudiaba derecho y curiosamente, estudiantes y profesores, seguían llegando. Era junto con la Praviana, uno de nuestros lugares de encuentro. Principalmente de los vinculados con el PCS, aún no surgían las otras organizaciones de izquierda. Y a los comunistas, para que negarlo, nos gustaba beber, no se si por frustración de nunca tomar el poder, o por el recuerdo de la Masacre del 32, que a todos nos marcó.

Esos bebederos eran nuestros lugares de encuentro por la noche, como el cafetín de la Facultad de Derecho, durante el día. El tipo de conversaciones o de discusiones no variaban mucho, hablábamos las mismas mierdas estando sobrios o borrachos.

Cierta noche me encontré a un doctor, abogado, mi ex profesor de la Facultad, bebiendo en el Faro con un viejo amigo mío y de él. Nos tomamos dos Regias que era lo más económico que se podía conseguir y los tres andábamos acabados, como para poder pedir Pílseners.

Hablamos de la revolución que necesitaba nuestro país, de la necesidad del socialismo para poder desarrollarnos, de la Revolución Cubana y de la guerrilla en Suramérica, del Che, por supuesto, nuestro icono mayor. De la necesidad de la lucha armada y de la culerada del Partido de seguir con su estrategia eleccionaria. Y agotamos otras dos regias. A eso habíamos llegado, y las bebíamos, ciertamente, muy calmados.

Pero en una de esas y quién sabe por qué, el doctor se me quedó viendo y me dijo, Demian, te conozco desde hace muchos años, desde que eras novio de mi cuñada, te tengo mucho aprecio y me vas a permitir que te diga, lo que te voy a decir. Mirá, cabrón, me han contado que te haz casado con la Helen, pero ella es puta. Yo se porque te lo digo. Con suficiente alcohol en mis venas, reaccioné con violencia y sin mediar palabra le pegué tremendo derechazo en la ceja, la cual inmediatamente dejó salir la sangre a borbotones. Me levanté y me fui, sin antes decirle, Hijo de puta, a mi mujer se respeta.

Pasados los días me encontré con otro amigo abogado, quien me contó que los amigos de mi ex profesor me andaban buscando, para cobrarse la afrenta al viejo maestro. Y qué putas pasó, me dijo, mi amigo. Pues, que me dijo que la Helen era una puta. Ella es mi esposa y se que no es puta. Ja, Ja. El tatarata del Meme, creyó que vos te habías casado con la hermana del Oxi, quien, también se llama Helen. Y aunque, a mi no me consta, agregó, dicen que si es puta. Y el Meme, tiene mejor conocimiento de causa.

Así fue como vengué una afrenta que nunca existió y perdí a un amigo por ser sincero pero inoportuno.

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