lunes, 14 de septiembre de 2009

Capítulo 6: Tres versiones de un mismo hecho y un error de identidad.


Rumbo a Moscú, luego de hacer escalas en México y Nueva York, nos tocó dormir en Paris. Éramos la delegación salvadoreña, el segundo envío a la tierra de los soviets desde la patria de Farabundo. Jóvenes todos, algunos ya habíamos pisado las aulas universitarias, otros recién salidos de bachillerato, pero todos con la ilusión de conocer el paraíso, el cual a mi se me derrumbó no mas llegué al aeropuerto, pero bien, no es de eso que trata este escrito, sino de las mujeres que conocí.

Pronto hice amistad con dos chicas. La más joven era una típica indígena, lenca, nahualt o pipil, qué más da, pero era bonita, eso si. La otra, muy pagada de si, se creía la Mis Universo, pero no estaba mal. Nos hospedamos en el hotel Proudón, en la calle de Los Mártires, en el centro de Paris. Nuestra fresca y tierna amistad nos llevó a no querer separarnos ni a la hora de dormir, de modo que los tres nos acostamos en la misma cama, ellas se cubrieron con el cubrecamas que para eso es y yo me acosté al centro sin cubrirme, ya que el cobertor las protegía a ellas de cualquiera buena o mala intención que yo tuviera. Y así amanecimos, tranquilos y sonrientes aquella mañana en Paris.

Esta es una versión, la otra es que una de ellas comenzó a roncar y entonces con suavidad y cariño, la que aún no dormía me hizo espacio debajo del cobertor y cogimos de a galán hasta el amanecer. Y así amanecimos tranquilos y sonrientes aquella mañana en Paris. Pero la otra versión, nos dice que la que estaba despierta, después de una buena cogida se quedó dormida y yo, con mis veinte años de virilidad activa, busqué a la otra y ella fingiendo no despertar, abrió sus piernas y yo la penetré sin mayor prisa. Lentamente, una y otra vez, hasta volver a saciar mis ansias de mujer. Mujeres divinas. Y así amanecimos, tranquilos y sonrientes, aquella mañana en Paris. Sueños de un adolescente en Paris. ¡Pero qué sería de la vida si no pudiéramos soñar!

¿Y qué fue de ellas? La morenita se casó con un chileno y se radicó en Santiago, pero para la caída de Allende en el 73, tuvo que refugiarse en Cuba. Luego volvió a Chile y trabajó para la CEPAL. Cierto día, después de más de tres décadas de no saber de ella, recibí un correo electrónico, en el cual me decía. Demian, no se si eres el Demian con quien estudié en Moscú, pero he leído tus artículos en ECA y tengo programado un viaje a El Salvador y me gustaría verte. Contéstame. Saludos. Berenice.

Obviamente, le respondí al instante. Aún recordaba y recuerdo todavía hoy, aquella pequeña pintura de un atardecer invernal en Moscú, donde los abedules despojados de sus hojas por el otoño, se dibujaban en silueta sobre el rojizo horizonte. Era una de sus obras preferidas y en un arranque de cariño, me la regalo. Vino al país y mientras degustábamos una taza de café, me contó de su vida y su trabajo. Increíblemente, los años no la habían maltratado, seguramente, porque llevó una vida feliz, la que bien se merecía.

A la otra, me la encontré después de la guerra, en un evento político. Le conté que había formado un nuevo hogar y que tenía tres hijos pequeños. Viejo, me dijo, con su cara de vieja amargada, Usted, como siempre de irresponsable. No la volví a ver y para qué, si ni siquiera conversar con ella se podía.

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Me había casado, pero mis visitas al Faro continuaban como cuando estudiaba derecho y curiosamente, estudiantes y profesores, seguían llegando. Era junto con la Praviana, uno de nuestros lugares de encuentro. Principalmente de los vinculados con el PCS, aún no surgían las otras organizaciones de izquierda. Y a los comunistas, para que negarlo, nos gustaba beber, no se si por frustración de nunca tomar el poder, o por el recuerdo de la Masacre del 32, que a todos nos marcó.

Esos bebederos eran nuestros lugares de encuentro por la noche, como el cafetín de la Facultad de Derecho, durante el día. El tipo de conversaciones o de discusiones no variaban mucho, hablábamos las mismas mierdas estando sobrios o borrachos.

Cierta noche me encontré a un doctor, abogado, mi ex profesor de la Facultad, bebiendo en el Faro con un viejo amigo mío y de él. Nos tomamos dos Regias que era lo más económico que se podía conseguir y los tres andábamos acabados, como para poder pedir Pílseners.

Hablamos de la revolución que necesitaba nuestro país, de la necesidad del socialismo para poder desarrollarnos, de la Revolución Cubana y de la guerrilla en Suramérica, del Che, por supuesto, nuestro icono mayor. De la necesidad de la lucha armada y de la culerada del Partido de seguir con su estrategia eleccionaria. Y agotamos otras dos regias. A eso habíamos llegado, y las bebíamos, ciertamente, muy calmados.

Pero en una de esas y quién sabe por qué, el doctor se me quedó viendo y me dijo, Demian, te conozco desde hace muchos años, desde que eras novio de mi cuñada, te tengo mucho aprecio y me vas a permitir que te diga, lo que te voy a decir. Mirá, cabrón, me han contado que te haz casado con la Helen, pero ella es puta. Yo se porque te lo digo. Con suficiente alcohol en mis venas, reaccioné con violencia y sin mediar palabra le pegué tremendo derechazo en la ceja, la cual inmediatamente dejó salir la sangre a borbotones. Me levanté y me fui, sin antes decirle, Hijo de puta, a mi mujer se respeta.

Pasados los días me encontré con otro amigo abogado, quien me contó que los amigos de mi ex profesor me andaban buscando, para cobrarse la afrenta al viejo maestro. Y qué putas pasó, me dijo, mi amigo. Pues, que me dijo que la Helen era una puta. Ella es mi esposa y se que no es puta. Ja, Ja. El tatarata del Meme, creyó que vos te habías casado con la hermana del Oxi, quien, también se llama Helen. Y aunque, a mi no me consta, agregó, dicen que si es puta. Y el Meme, tiene mejor conocimiento de causa.

Así fue como vengué una afrenta que nunca existió y perdí a un amigo por ser sincero pero inoportuno.

Capítulo 7: Necesario es un paréntesis.


Aún no vivía en la Leniski Prospiet Zorak Staroy, en los nuevos edificios de la universidad, seguía en Kavilnaya, pero allí, en medio de la senectud de aquel caserón, viví uno de mis tiempos más hermosos. Imagínese usted, cuando el invierno solidificaba todos los espacios acuíferos podía patinar y yo lo logré desde la primera vez que me calcé los patines. Llegué al punto de bajar desde el segundo piso con los patines puestos y aun tengo mis tobillos en buen estado. Pero no sólo bajaba también subía con los patines puestos y lo hacía sobrio y medio a verga. No se, si ello conlleva algún mérito especial, pero lo cierto es que en mis noches de soledad y hastío, yo patinaba.

Por las tardes, algunas tardes, nos reuníamos los miembros del grupo Listapad, Las hojas caen, y leíamos poesía en nuestras propias lenguas. No importaba el contenido, lo único importante era el sonido, la musicalidad. Nunca olvido los poemas en zuajil de un negro africano, emitía con su lengua unos sonidos tan especiales que no encuentro la forma de escribirlos, pero creáme, confíe en mi palabra, eran muy impresionantes. En cierta ocasión les leí un poema que yo había escrito, se llamaba: Negro sobre negro. Y decía más o menos: La noche es negra, negra es la noche, la vida es negra, negra es mi vida, negra es mi esperanza, la esperanza es negra, tu amor es negro, negro es tu amor. Negro sobre negro, todo es negro. Negro tu amor, tu amor es negro, negro, negro, negro… Después tuve que explicar que en nuestra cultura, lo negro es peyorativo, negativo, malo, lo peor que puede existir, pero que sin embargo, yo no tenía nada en contra de mis compañeros negros. Lo negro de lo que yo hablaba, no tenía nada que ver con su piel oscura. Lo negro de lo que yo hablaba, era la noche, la vida sin esperanza, un amor perdido, cosas así. Pero no se relacionaba con las personas. No se si me logré explicar o si me entendieron.

Pero no es de estas nimiedades que escribimos aquí, sino sólo de las mujeres que me poseyeron y en más de alguna ocasión, de aquellas que casi lo lograron, pero no. Conocí en la Universidad a una chica rusa que con su caminar de gacela me prendía el corazón, cual si fuese la mejor mosca para pescar una trucha. Verla era amarla. Eso lo sabía yo, como también su esclavo de piel morena, a quien envió con una bufanda de regalo para mi cumpleaños. Ella era así, una auténtica Mandrágora eslava, dominaba a los hombres, como la domadora a sus fieras. Pero lo hacía con gracia. Y a cualquiera le hubiese encantado ser uno de los suyos, una fiera domada por ella.

Decía que no la amase porque ella no sabía amar. Pero ¿quién podría creerle? ¿Cómo no amar aquella bellísima criatura de felino caminar? Imposible no sucumbir ante sus caprichos, ya he dicho que hasta poseía un esclavo, un negro, que podríamos llamar miserable si no conociéramos, el origen y la causa de su esclavitud: la pasión que generaba aquella aparentemente ingenua y angelical mujer, que vista desde atrás, parecía una gacela al caminar. Y al negro, cierta vez lo besó, en un arranque de ternura. Para qué quiso más aquel pobre infeliz, se convirtió en su esclavo, le lavaba y planchaba la ropa, le llevaba comida del cafetín a su cuarto, le hacía las compras en el supermercado y le estaba enseñando francés que era su lengua colonial.

Cierta noche en un aula, parte de la residencia, me encontraba bebiendo unas cervezas y escribiendo un relato, que trataba de dos parejas: una en el capitalismo y otra en el socialismo, era un montaje en paralelo, donde cuestionaba los dos sistemas, así estaba de hecho mierda, cuando sentí unos brazos que me aprisionaban por detrás, unos pezones que rozaban mi espalda y me daba un ardiente beso tomando mi cabeza entre sus suaves manos. Era mi gacela.

La noche estaba avanzada y no creí correr ningún riesgo haciéndole el amor, en un aula de nuestra alma mater, aunque nunca había aceptado mis gatunos llamados. Pero esta noche, la pasa conmigo, me dije, y entre besos y mordiscos, la conduje al cálido piso de madera. Cuando se sintió casi dominada por mi pasión y mi cuerpo sobre el de ella, tomó un envase de cerveza y me rajó la frente. El golpe era suficiente como para amedrentar hasta una fiera, pero yo comencé a bañarle el rostro con mi sangre y seguí besándola. Pero resultó imposible, aquella era una perra frígida, la incluyo por ser una excepción a la regla: ella no me poseyó, pero qué lindo hubiese sido, que lo hubiese hecho.

¿Pero por qué la recuerdo, si ni siquiera me la cogí? Aunque estuve muy cerca de lograrlo, de no ser por el botellazo en mi cabeza y la sangre derramada, seguro que la hubiese poseído. La tengo archivada en mi memoria, como un caso excepcional, no porque hubiese sido excepcionalmente bella, que si lo era, sino porque una mañana de invierno apareció estrangulada en la pista de patinaje. No había sido violada, ni había sido maltratada, sencillamente, estaba estrangulada con su bufanda tornasol, aquella que tanto le gustaba.

En un principio llegué a sospechar de mí. Seguramente que yo la maté, me dije, si no me recuerdo es porque estaba totalmente ebrio, lo cual no era una casualidad, sino mi estado natural. ¿Pero por qué habría de hacerlo, si me gustaba tanto? Si deseaba tanto el poseerla, cómo matarla antes de poseerla, o cómo no poseerla después de matarla. Seguramente que no había sido yo. Pero, entonces, ¿quién? ¿Su esclavo africano, el negro? Ese si que pudo haberla estrangulado con cariño, sin maltratarla, dulce y suavemente, como ella se lo merecía. Pero dio la casualidad que esa noche, su negro, se encontraba en la Casa de la Amistad, representando una obra del nuevo teatro africano, donde improvisaban de principio a fin sus papeles.

Y, entonces, ¿quién fue? Nadie lo sabía, nadie lo supo. Pero todos sabíamos que no había sido un suicidio como se informó por las autoridades superiores y por la prensa, para evitar cualquier escándalo. En una sociedad socialista estas cosas no pueden ocurrir y es por ello que no ocurrió. Si, no ocurrió, y ya.

Uno puede ser de izquierda, muy revolucionario, estar radicalmente contra el sistema capitalista y a favor del socialismo hasta la muerte, incluso. Y uno puede ser muy dogmático, fanático y combativo, como el que mas. Pero no se puede ser ciego, aunque si mudo. Es por ello que callamos los asesinatos del compañero Mayo Sibrian, así como nunca hablamos de la muerte de aquella chica en Moscú, aunque sabemos que fue asesinada. Las razones eran obvias, desdecía del socialismo, era un mal ejemplo. ¿Pero era suficiente razón para asesinarla? ¿Pero existirá, acaso, por ventura, un límite que posibilite o autorice a la sociedad o a quienes se crean o se sientan representativos de esa sociedad, para decidir quien puede o no puede seguir viviendo? ¿La vida, acaso, no es un valor superior, el cual siempre se deberá respetar, independientemente, de cómo vivas, de cómo actúes, de cómo pienses, de cómo digas, de cómo seas?

En estos puntos, en estos linderos, es donde los intelectuales morimos. La sociedad, de cualquier tipo que sea, no tolera estos juicios. Por eso murió Sócrates, no por cobarde, no por pendejo, sino para que nosotros, los otros, los que vendríamos después, supiéramos a qué atenernos, cuál es el precio que hay que pagar por disentir, por pensar.

Aunque ésta no pretendía ser una historia reflexiva, sino una simple descripción del amor y del sexo, que hubimos de conocer en nuestro diario vivir, ya se ve que no es posible prescindir de ello, humanos somos y como tales actuamos, para bien o para mal.

Capítulo 8: La chica con manos de picapedrero


¿Y qué sería de aquella chica bonita que conocí cuando llegué a estudiar el bachillerato en Cojutepeque y cuyo novio se encontraba en Costa Rica? ¿Quién sabe? Ni siquiera recuerdo su nombre, pero si recuerdo cuando, me invitó a una feria en la Escuela Nacional de Agricultura y nos fuimos al monte, donde nos montamos con todas las ansias reprimidas del pasado. Aunque tenía una peculiaridad, no permitía que la tocara, lo cual dificultaba la relación. También recuerdo haber amanecido con ella en una pensión de mala muerte en el centro de San Salvador. Nos encontramos en algún lugar y bebimos. Luego no se ni cómo fuimos a parar a aquella pensión. Seguramente perdimos a propósito el último bus a Cojute y buscamos donde hacernos el amor, estimulados por la ebriedad y nuestro reencuentro. Pero todo esto ocurrió luego de mi regreso de Moscú, cuando me dediqué a saldar deudas sexuales, ya que cuando estudiaba bachillerato no me atrevía a tener sexo con mis novias, le temía al matrimonio y en los pueblos, donde yo me crié, la preñez se paga con el casamiento. Lo cual, no quería decir que no te pudieras coger a la doméstica del pupilaje donde vivías. Sobre todo cuando el hijo de los dueños, te señalaba el camino. Aunque el iba de primero al principio, después yo me convertí en el amo y señor, de aquella fogosa nonalqueña. Buenas piernas, buenas tetas, cogía siempre, fingiendo dormir, aunque luego ya no quiso hacerlo con mi amigo.

Ella, la chica, no la doméstica, obviamente, estudiaba en el colegio de las monjas y todos los días la veía pasar con su uniforme azul y blanco, su cara era bonita, de pequeña estatura y besaba bien rico, pero lo más destacable en su persona eran sus manos calludas, propias de un picapedrero. Nos encontrábamos en el cine y en cierta ocasión el celador del cine, al encontrarnos enrollados como masacuatas, mientras nos amontonábamos, nos dijo: Busquen pensión hijos de puta. El celador no sólo celaba por el buen orden en el cine, sino por lo bonita que estaba mi mamacita. Pero tenía una manos charras, duras, callosas, decían que porque le tocaba lavar la ropa de la familia, su madre había muerto y ella cargaba con las obligaciones maternas. ¿Machismo?

Cuando ya tenía automóvil, esto es cuando ya me había casado, en cierta ocasión nocturnal me la topé esperando un jalón cerca de la Terminal de Autobuses de Oriente, ya cerrada a causa de la hora avanzada, pero no quiso que la llevara, por entonces ya no me quería, sino más bien parecía odiarme, ya que llegaba a bebederos a los que sabía que yo frecuentaba y lo hacía, cada vez con un bicho distinto, todos jóvenes menores de edad que ella, presuntamente alumnos suyos, con los cuales pensaba darme celos. Pobrecilla, para ese entonces, cuando me cansaba de mi mujer, visitaba los burdeles: que el Fori Fay, que El Palo Verde, que la Casa Rosada, que la Punta del Este, donde había las putas más caras de San Salvador. O los night club, donde estaba aquella famosa puta que giraba una chiche con un listón fosforecente y que se miraba precioso en la penumbra del escenario. A la puta le encantaba que le gritáramos: Ahora con la otra. Y lo hacía. Luego gritábamos: Con las dos y giraba ambas tetas. Lo que en aquel momento no pensé, es como estarían de estiradas aquellas sus chiches, como para que giraran al ritmo de la música de circo o del show, para ser benevolente, en aquel sórdido espectáculo.

Esta chava, la de manos de picapedrero, cuyo novio estaba en Costa Rica y que a su regreso para las navidades se enteró de su infidelidad, tal parecía que la amaba, porque llegó al extremo de ir a buscarme a Ilobasco, el pueblo donde nací. Pero para su mala fortuna no me encontró, pero en todo caso, qué lograba con pijiarme o amenazarme. Si la chica le era infiel, no era por mis maravillas masculinas, sino porque sencillamente no lo amaba. Esto es algo que los hombres celosos nunca logramos entender, hasta que llegamos a una edad, en la cual ya ni celos experimentamos, ¿Será porque la impotencia nos baja cualquier orgullo? Esto de llegar a viejo es una mierda, se gana en sabiduría pero cuando ésta ya no tiene utilidad práctica, al menos, en cosas de mujeres que es de lo que aquí tratamos. Es verdad, que siempre tienes el recurso de la lengua o del dedo, pero qué va, estás acabado. Esa es la mera verdad. Pero esta historia no concluye aquí, es necesario aclarar algunos cabos sueltos: como son los celos del presunto amante, por mi birlado.

Si hay un hombre peligroso ese es el hombre celoso, se lo digo porque la chica de manos callosas, lo sufrió en carne propia. Ella, la verdad es que nunca lo había amado, porque lo sentía homosexual. Aunque pretendía ser muy macho. Pero ella lo sentía, y en esto de detectar homosexuales, las mujeres son muy hábiles, los huelen a mil kilómetros de distancia, y ella lo sabía, ella lo sentía, ella lo olfateaba, ella no tenía ninguna duda de que el hombre la usaba tan sólo como pantalla, para esconder su homosexualidad; sin embargo, le costó caro el no haberle seguido el juego. Pero cómo se iba a imaginar de lo que era capaz aquel cobarde.

Cierta noche, la invitó a salir en su automóvil, ella aceptó, porque no sospechaba nada, saldría con él como lo había hecho en múltiples ocasiones. La única diferencia ahora es que él sabía que ella había salido conmigo y en su mente retorcida hasta imaginó que yo me la había cogido y yo, en esa época era célibe con mis novias. Se dirigieron por una calle solitaria, hasta llegar a Cujuapa, una playa desolada por el lado cojutepecano del lago de Ilopango, allí tenía apostados a cinco viejos trabajadores de su finca, a quienes les había ofrecido un bomboncito para esa noche. Lo único que tenían que hacer era simular un ataque y después de inmovilizarlo a él, su patrón, debían proceder a violar a la chica. Dicho y hecho. Los cinco la violaron y se reían mientras lo hacían, porque ellos ya sabían que su patrón era culero, pero nunca entendieron porque les pagó para violarla, lo hubieran hecho de gratis.
Después de conocer su historia, que la vine a conocer ahora ya de viejo, se me hacen comprensibles algunas cosas de su conducta y de ser ciertas mis sospechas, tuve suerte de haber salido bien librado. Aquellos jóvenes que amanecían degollados… ¿Acaso no podrían haber sido obra suya?

Capítulo 9: Otra que no fue y con la que no tuve revancha


Muerta está ya, el cáncer dio cuenta de ella a una edad tan temprana que no tuve tiempo para la revancha, como si lo tuve con la mayoría de mis novias antes de partir a Moscú, de donde si no regresé graduado en alguna disciplina académica, si lo hice en materia de sexo. Pero que bella que era, suave y tierna, incitaba a amarla. Yo la veía pasar todos los días frente a la Oficina de Caminos, donde trabajaba durante las vacaciones. Pero nunca le decía ni siquiera adiós por temor a no recibir respuesta. Pero el jefe se dio cuenta, de lo mucho que palpitaba mi corazón al verla pasar. ¿Le gusta, verdad? Me dijo. Y cómo poder negarlo, si era evidente. Creo que ella también lo sabía y por eso caminaba más despacio cuando se aproximaba a aquella puerta orilla de calle donde yo la esperaba. No joda, me dijo el jefe, dígale adiós siquiera y si le corresponde, pues, después le pregunta si puede acompañarla. Lo hice, un día, otro día, a mi adiós respondía sonriente. Y me dio valor, ánimo, esperanzas y me atreví a acompañarla. No se de qué putas platicábamos mientras caminábamos, pero desde el barrio de Los Desamparados donde yo trabajaba hasta el Centro, donde ella vivía, iba, guiri, guiri.

Una noche en que había una alborada fuimos juntos a ver la quema de pólvora y mientras mirábamos hacia el cielo nuestras cabezas se acercaron, hasta el punto de rozarse, aquello fue el momento más sublime, inolvidable, increíble, de mi vida de adolescente. ¡Cuánto la hubiese amado! Pero qué digo, si yo la amaba, lo único es que lo nuestro no pudo ser y aún ahora no se por qué.

En cierta ocasión fuimos al cine, a la película de la una, para la única que apenas me alcanzaban mis magros recursos de estudiante de derecho, aún sin beca, esto es en el primer año. Intenté besarla y ella con toda la naturalidad del mundo me dijo: Hoy fui al dentista y tengo el labio dormido. ¿Verdad o excusa? No se, pero lo dijo con tal naturalidad que no me importó. De modo que me conformé con acariciar su tierna y suave mano. Era linda la Albita. Sus padres poseían una hacienda en Estancuelas para donde se la llevaban y yo, con mi amante corazón la perdía de vista. Afortunadamente, mi amistad con sus hermanos no era mucha y nunca me invitaron a la hacienda, como si lo hicieron con El Moquita, quien regresó con un disparo de fusil en la frente. Decían que le habían puesto una sandía en la cabeza y que el hermano mayor de la Albita, erró el tiro y le dio en la frente. La versión oficial, recuérdese que tenían dinero, fue que El Moquita, se había suicidado. Sin embargo, yo estoy plenamente seguro que la versión verdadera es la primera, porque en cierta ocasión, pasados los años, El Moca, hermano mayor de El Moquita, venía con un fusil allá en el pueblo, nosotros, incluido el hermano mayor de la Albita, estábamos en el kiosco del parque Manuel Enrique Hoyos, personaje que ningún ilobasquence sabe quién fue, ni por qué putas le pusieron así, pero lo interesante es que el hermano mayor de la Albita al ver al Moca con el rifle, se puso rojo, rojo como la sangre que, seguramente, él había derramado del Moquita. Villalobos diría, aún sin ser el asesino de Roque: Errores de la juventud.

La Albita además de bella era inocente, en cierta ocasión, me dijo. Vea Demian - miel para mis oídos oírla pronunciar mi nombre con tanta ternura- mis hermanos son injustos. ¿Sabe por qué? No, respondí. Fíjese que a algunos muchachos que me pretenden, hasta los dejan llegar a la casa, en cambio a usted me tienen prohibido el verlo. Y yo, me digo, ¿por qué no dejar que quien elija sea mi corazón?

Usted qué cree, ¿me amaba, aunque fuese un poquito?

En uno de esos viajes a su hacienda la perdí de vista. No volví a saber de ella, hasta una noche en un baile en la Facultad de Derecho, en la cual estudiaba, donde la vi bailando con un hijo de la gran puta. Sentí mucho dolor, sobre todo cuando habiéndome visto, simuló no recocerme. Borrachera majestuosa la que me puse esa noche, afortunadamente, había estado en la cantina en el primer turno y me retiré con suficiente vales como para beber hasta quitarme las ganas y así lo hice. Esa noche bebí hasta quedar fondeado. Pero no era para menos, la Albita parecía tener un amor.

La última vez que la vi, se conducía en un taxi. Yo iba en mi carro y observé tal profunda tristeza en su rostro que hasta sentí ganas de llorar, me dolió verla así, cuando ella había sido tan alegre, con un rostro tan feliz. Pensé, el marido ha de ser un mierda. Yo si te hubiera hecho feliz, mamacita, me dije. Pero qué puede uno hacer por los amores que no fueron.

Poco tiempo después me enteré de la razón de su tristeza, Juan Bomba, amigo de sus hermanos, me contó que había muerto de cáncer.

Los años habían cicatrizado mis heridas de amor; sin embargo, no dejé de putear al Creador por ser tan cabrón en sus decisiones. Ella no debía morir, al menos, no antes de darme tiempo para la revancha. Con la edad, todos nos hacemos hijos de puta. ¿Dígame si no?

Pero nos sentimos más hijos de puta, cuando obtenemos cierta información que nos responde a algunas interrogantes que traíamos del pasado. Por boca del mismo Juan Bomba, que me contara del deceso de la Albita, me he enterado que tuvo un hijo, tan sólo uno y que por nombre le puso el mío. Ese día lloré a mares. Lloré por cabrón, lloré por mierda, lloré por ser tan hijo de puta, lloré por ser tan cínico y arrogante, lloré porque la Albita, en lo profundo de su corazón, donde no alcanzan las miserias humanas, donde sólo es uno y uno nada mas, me amó como yo la amé a ella, aunque yo nunca tuve el coraje de ponerle su nombre a una de mis hijas y eso que tuve dos oportunidades para hacerlo.

Capítulo 10: Mis noches en Moldavia y otras


Los días por la mañana eran de trabajo en un koljós de la localidad, recogíamos manzanas o albaricoques, otras veces amarrábamos brotes de vid a unos alambres. A cambio de una mañana de trabajo nos brindaban alimentación y hospedaje, además de las chicas que pudiéramos conseguir en los bailes de cada noche. Por las tardes, caminaba por el campo y visitaba la casa de algún koljosiano. No por él, ni por su familia, sino por el vino que tenían en una garrafa en el pozo para mantenerlo frío. Vendían la botella por unos cuantos kopeks y de ajuste ofrecían pepinos en salmuera como boca. Fue en los koljoses de Moldavia donde me hice amigo del vino tinto que mató a mi abuelo. Sucedió que en Ilobasco se habían agotado las reservas de vino y en lo que le fueron a traer en bestias unas botellas a Cojute, se peló de goma. Yo aún sigo vivo, superando su record de vida y el de mi padre. Pero es que yo tomé unas vacaciones, la primera de 15 años y la segunda de 5, ambas con el apoyo de los AA, porque para quienes somos alcohólicos, un trago es demasiado y cien no bastan, de modo que lo único que nos queda es el programa de las 24 horas. Pero yo, por ahora, como aquel bolito del Central Tecleño, no fui a dar testimonio de mi abstinencia, sino que fui a que me borraran de la lista de los AA.

Al anochecer aparecían los músicos en la Casa de la Cultura, así como las koljosianas y los koljosianos, y en todo ello, se cagó el Gorva, pero además llegábamos los extranjeros pobres, los que no recibíamos remesas en dólares de nuestra familia como para irnos a joder a la Europa Occidental, trabajar un poco en Alemania o en Francia, vender unas cuantas latas de caviar ruso y regresar cargados de prendas íntimas femeninas de poliéster, desconocido en Moscú, por aquel entonces y suficientemente apetecibles por las rusas como para poder coger todo el invierno sin necesidad de repetir. En la variedad está el gusto, dicen. Pero los pobres, allá en el koljós, esperando que nos sacara a bailar una vieja, no tan vieja. Porque allí la costumbre era que las mujeres te sacaran a bailar. Aquello servía para comprender la tragedia de nuestras mujeres, quienes tienen un papel pasivo en demasiados aspectos de la vida social e íntima.

Pero una de tantas noches tuve suerte, no fue una gorda koljosiana la que se apiadó de mi soledad, sino una jovencita. Bailamos, nos acariciamos y después, cuando el baile terminó nos perdimos en la oscuridad del campo moldavano. Coger en el campo es una bella experiencia, las sensaciones nuevas adormecen el cerebro e invitan a repetirse. Desgraciadamente, la chica de mis amores tenía su novio local, y el y sus amigos, aunque presuntamente socialistas, internacionalistas y solidarios, no les parecía, que llegara cualquier hijo de puta extranjero a cogerse a sus mujeres. De modo que sin muchas mierdas, una noche me esperaron cuando regresaba a mi dormitorio, armado de una botella de vino para dormir. Cuando vi a la grulla que se me venía encima con malas intenciones, corrí hasta donde pude. Yo con mis pies ligeros, que siempre los he tenido, fui abatido por la llanta delantera de una motocicleta. Después vinieron los golpes, con mi cara y cabeza, vapuleada y ensangrentada, regresé a mis aposentos. Al día siguiente, la policía del lugar tenía prisioneros a mis agresores. Recuerdo a uno, seguramente el novio de la chica en disputa, que manifestó: Yo sólo un pijazo le pegué, los otros no se, era de noche y estaba oscuro. El jefe de la policía me recomendó que lo mejor era regresarme a Moscú, ya que si por esta vez había salido vivo, nada me garantizaba, que no volvieran a atacarme y con más furia por el encarcelamiento de los agresores.

La chica motivante del agravio se despidió de mí y curiosamente, no me dijo: Das vidania, hasta la vista, sino prachay, adios. Ella sabía que aquello era el fin. Lo que nunca supe es si con mi maldita puntería en el sexo, la dejé embarazada, para escarnio de mis agresores.

Sin embargo como la vida se mueve en unos círculos incomprensibles para el cerebro humano, en mi último viaje por Europa, me topé con un joven, de aproximadamente treinta y cinco años de edad, el cual me pareció una fotocopia mía, cuando yo era joven. Estábamos en un congreso y por las fuerzas inescrutables del destino, nos juntamos un día y conversamos sobre el renacimiento del marxismo. El parecía ser un radical de izquierda, lo cual me parecía curioso proviniendo de Rusia, un país, que había experimentado una terrible involución. Pero bien, así era él.

Por la noche nos sentaron en la misma mesa para cenar y como ya habíamos conversado, nos sentimos viejos conocidos y nos dedicamos a beber y a hablar de nuestras vidas, de cosas personales y descubrí, sin que él se enterara, que su madre era la chica del koljos, aquella que me dijera: prachay. Esto es, un adios definitivo, aunque en español no existe tal diferencia, pero si en ruso. ¿Será que se equivocó la pitonisa al decirme que tendría cinco hijos o el equivocado he sido yo, porque con éste serían seis?

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Mi regreso a Moscú fue afortunado, aunque conservaba los moretes en mi cara y quizás por eso, fui elegido para viajar sin costo alguno a Georgia. La patria chica de Stalin, el único lugar de la URSS, donde conservaban la única estatua del dictador asesino y sanguinario. Pero bien, Tibilise, su capital, era una ciudad bella donde las posibilidades de sexo estaban agotadas, con la mayoría de hombres en su censo, cuidaban a las mujeres hasta el delirio. Además, yo ya había tenido suficiente por esas vacaciones.

El viaje tenía una parte en bus que cruzaba los montes Urales, los cuales se dibujaban con una belleza indescriptible, almuerzos bajo ramadas silvestres, donde el apetitoso queso de cabra asado, incitaba hasta el menos hambriento a hartarse, pero además en cada lugar de la larga mesa, había botellas de cerveza, vodka, coñacgs y bebidas dulces, por supuesto, a las que nadie hacía caso, a no ser las mujeres. Bebimos y jodimos en Georgia, aunque no nos atrevimos a bañarnos en el lago Aral, con lo que tendríamos garantizados cien años de vida, cual era el decir. Si no te morías de una neumonía luego de bañarte en sus frías aguas, seguramente, que vivirías hasta los cien años.

Pero Georgia estaría borrada de nuestros memoriales de no ser por aquella pequeña de ojos almendrados, pelo negro cual la noche, mirada penetrante y desafiante, que apareció sin pedírselo en mi lecho, cuando dormía los muchos tragos de vodka que había ingerido. A veces creo que fue tan sólo un sueño, ya que los sueños deseos frustrados son, como decía mi profesora de matemáticas en el bachillerato, cuando le conté que había soñado con ella. Y si una mujer se podría parecer a la dama, de Rojo y Negro de Stendal, esa era mi profesora de matemáticas, sobria, inteligente, bella y comedida, si no la amé, fue tan sólo porque en aquella etapa de mi vida, las mujeres me abundaban, aunque tuviera voto de celibato ante las amenazas del casorio.

Después, muchos años después, en un viaje que hiciera la Habana, me encontré con Nico, un georgiano a quien conocí en el aeropuerto de Moscú, donde íbamos a beber después de las once, cuando se cerraban todas las posibilidades de beber en Moscú y quien me había salvado de aguantar hambre, al colocar mi estipendio en el calcetín, al observar todo lo ebrio que estaba. Esa noche en el aeropuerto hasta toqué guitarra y canté como mexicano. ¿Cómo lo hice? Vaya usted a saber pero decía Nico, que el charanganeado había estado bueno.

Pues bien, allí en la Habana, me enteré de que aquella mujer que me poseyó semi dormido o medio a verga era la esposa de Nico, quien le había confesado que su primer amor había sido con un salvadoreño de nombre Demian. Por la descripción que me hizo, yo juraría que sos vos, me dijo.

Por estos años, ya era un hombre mayor, tranquilo y mi respuesta para Nico, fue, No lo creo, yo en Georgia, no recuerdo haber tenido ninguna experiencia sexual. Pero si la tuve, con aquella chica de ojos almendrados, que me amó sin pedírselo y
sin casi enterarme.

Capítulo 11: Ellas y mis borracheras.


Siendo de los primeros becarios en la Universidad de El Salvador, por nuestra flagrante pobreza, sin duda alguna éramos para la directora del programa, los indicados para atender la invitación del Departamento de Estado e ir a los EEUU y nos fuimos. Estuvimos hospedados en un viejísimo hotel en Pasadera. De los tres intérpretes que nos acompañaban, uno era maricón evidente y confeso y por las noches, medio a verga, solíamos joderlo llamándolo por teléfono, lo invitábamos a nuestro cuarto pero no le decíamos cuál era. Harto de nuestras niñerías nos increpó una mañana, pero nadie tuvo los huevos para responderle. Callamos, como buenos culeros, aunque nos preciáramos de ser muy vergones ante el pobre marica.

Visitamos la muy preciada Universidad de Los Ángeles, UCLA y los estudiantes gringos que aún no conocían de Viet Nam, dormían el dulce encanto de sus sueños de gran potencia imperialista. Por eso, les parecimos muy politizados y se mostraban asombrados, de modo que fuimos noticia en su periódico estudiantil. Periódico impreso, no como los periódicos murales en la Universidad, donde estudié en Moscú y donde publicaron mi cuento de las dos parejas, traducido al ruso. Como mucho chingaban por su contenido crítico del socialismo, el cual seguramente fue abultado por el traductor, una noche de borrachera lo arranqué y, sin proponérmelo, lo hice famoso. Todos querían leerlo.

Pero bien, en una fiesta que nos organizaron los gringos al anochecer, conocí a una hermosa gringa de origen ruso, pero yo no hablaba ni inglés, ni ruso; sin embargo, logramos comunicarnos. El leguaje del amor en la juventud no conoce de barreras.

Fuimos invitados a una empresa vinícola, donde catamos más vino del debido y, obviamente, yo estaba muy alegre, muy sonriente y muy platicador. Recuerdo en medio de las nieblas de mi borrachera, que le pegué una buena amasada a la chava, no se si llegamos a hacernos el amor. Lo que si se que al día siguiente, estábamos en San Francisco y la gringa de origen ruso me llegó a buscar al hotel. Pero yo, por andar bebiendo con los amigos, no me encontraba presente. Me dijeron que me esperó hasta media noche, pero nosotros fuimos apareciendo al amanecer. Esa noche, seguramente, en vez de libar alcohol hubiese libado las mieles del amor. Pero qué le íbamos a hacer, si bien en mi destino estaban las rusas, el tiempo aún no había llegado. Pero pronto llegó, pues, tras unos cuántos meses, partí entusiasmado para la URSS. ¿Y cómo no iba a irme? Había conocido las maravillas del capitalismo desarrollado de los E.U. Y pensaba: cómo no será de cachimbona la Unión Soviética, siendo como es de superior el socialismo al capitalismo? ¿Pendejadas de la juventud? El ser joven tiene sus ventajas, nos anima a ser, a vivir, a descubrir, a conocer. Después, ya veremos lo que ocurre.

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Durante la Semana Santa y particularmente el Viernes Santo, si no eres miembro confeso de alguna religión vinculada al cristianismo, herencia infame de los españoles y tampoco te gustan las aglomeraciones de las playas o los lugares de descanso tradicionales, seguramente estarás en tu casa harto de todo y de todos, con calor y sin más deseos que una cerveza bien fría. Si no eres alcohólico, no habrá problema pero si lo eres como yo, estarás preparando algún huevo.

Por esta época yo vivía en un pueblito, llamado San José Villanueva, el cual era muy adicto a las alfombras, esas que se construyen con sal teñida y con motivos religiosos, los viernes santos. De mis hijos, el mayor, se había vuelto un experto diseñador y realizador de las tales alfombras, más de veinticuatro horas, sin dormir, sin bañarse y mal comido, las dedicaba a la máxima creación del Viernes Santo: la mejor alfombra del pueblo. Toda la emoción del duro esfuerzo concluía cuando los transportadores de la Santa Urna, pisaban y destruían la alfombra.

Pero en esta ocasión, yo estaba borracho y decidí ir a caminar sobre la alfombra, y mientras la destruía les dije: No soy el hijo de Dios pero si del hombre y por tanto, declaro esta alfombra solemnemente inaugurada. Mi hijo, me vió indignado y me manifestó, Papá esto no te lo voy a perdonar nunca en la vida. Las chicas coautoras de la alfombra se llevaban las manos a la cabeza y gritaban, No, no puede ser. Los muchachos, gritaban, Hijo de puta borracho. Y un señor, que pagaba la sal, manifestó seriamente, Llamemos a la PNC y que entuben a este borracho cabrón.

Pero yo avanzaba en busca de otra alfombra que destruir, no creo que en mi hubiese una actitud antirreligiosa, aunque siempre me ha parecido el cristianismo una religión exótica y he considerado a los occidentales como imbéciles por su incapacidad de pensar una religión propia, aunque lo que esa tarde noche hacía, era tan sólo fruto de mi borrachera. Estaba a verga y quería joder todas las alfombras que con tanto esfuerzo había realizado la gente. No les quería demostrar nada. Que eran fanáticos religiosos lo sabía, pero nunca me burlé de ellos, veía sus trabajos con seriedad y hasta los valoraba por su calidad estética. Pero esta tarde queriendo convertirse en noche, mi verguera me inducía a joderles las alfombras.

Caminando iba en busca de otra alfombra, cuando una bella mujer me tomó del brazo y me dijo, Si jodés otra alfombra te van a meter preso, papito. De manera que lo mejor es que te vengas con migo. La vieja tenía razón y además estaba buena. Vámonos al puerto mejor cabroncito, aquí ya hiciste suficiente relajo. Y me fui con ella, por el camino me comentó que ella era atea, pero que sin embargo disfrutaba mirando aquellas conductas primitivas. Pero que dadas las circunstancias lo mejor que podíamos hacer era irnos a revolcar en algún motel. Y lo hicimos.

El huevo fue al día siguiente, perdí quince días de libertad y dos cientos dólares, pero gané un cuero con el cual pasé casi un año cogiendo, hasta que me pidió en la siguiente Semana Santa, que fuera a joder las alfombras de Suchitoto, su pueblo natal, pero yo me negué, porque no estaba a verga.

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A los casinos llegás a joder, aunque te des paja de que llegas a ganar, ellos son expertos en manipularte por eso te regalan toda la bebida que quieras, que cerveza, que vino, que cubas libres, que guisqui, lo que querrás, el punto es que te pongas a verga para que no te importe lo que has perdido y si has ganado para que lo volvas a perder.

Yo, ciertamente, no puedo decir que fuera un asiduo visitante, pero llegaba de vez en cuando y cierta noche, a la par de mi maquina, se encontraba una joven hermosa, iba ganando y de sus labios sólo se escapaban sonrisas. No voy a decir que yo no estuviera molesto de sólo verla ganar. Pero ya sabía como funcionaba aquel negocio, de tal manera que seguí jugando sin reparar en sus ganes. Y llegó el momento en que sólo yo ganaba y ella sólo perdía. Entonces se puso muy amistosa con migo, comenzó a ·socar· ante mis posibles ganes, me buscó cerveza, se ofreció a cambiarme los billetes de a diez dólares que no aceptaba la máquina por billetes de a cinco, etc,

Para no cansarlos debo decir que la mamita estaba acabada, pero quería seguir jugando como todo jugador, de modo que le regalé cinco dólares, los cuales pronto se los comió la máquina, éstas cuando no pagan son tragonas, como lo sabe todo jugador. Le regale otros cinco y la misma historia. Entonces mirándome a los ojos, con todo el encanto que había en su mirada, me pidió prestado diez dólares, se los di a la par que pedí un güisqui, la verdad es que tenía frío, así como ganas de ponerme a verga. Estaba ganando y era temprano.

La chica ya me debía veinte dólares, pero sus ganas de jugar iban en aumento, cuando vió que no podría sacar más con migo se puso clara y me dijo, Mirá, papito, por cincuenta dólares, me podría ir a acostar con vos. Estas viejo, pero aún apetecible, ¿qué pensás?

No había mucho que pensar, era obvio que lo que quería era mi plata, pero yo tampoco estaba para hacerme el remilgado, de modo que llamé a mi motorista, nos fuimos a un motel y cogimos de a galán. Le pagué sus cincuenta pesos y volvimos al casino. A la media hora los había perdido y a mi me pareció que sus recursos se habían terminado, porque otro polvo con migo no sólo parecía imposible, sino que era imposible. Pero ella, era más lista de lo que yo pensaba.

Yo seguí bebiendo y al rato me sentía medio a verga, fue entonces que ella al ver que seguía ganando, empleó sus armas secretas. Ya no se trataba de conseguir unos cuantos dólares, sino que aspiraba a dejarme limpio. Fue entonces que me dijo, Ya jugamos bastante, qué le parece si vamos a cenar. ¿Cenar? Efectivamente, tenía hambre, desde las tres de la tarde no había comido nada, pero si había bebido mucho y ya eran las dos de la madrugada.

Y a dónde vamos, le pregunté. Ya verá, me dijo, yo tengo un lugar secreto y terminamos en su apartamento.

Me dio de beber, no recuerdo si comí, pero a la mañana siguiente, amanecí en mi casa a donde me llevó el motorista, sin cinco y con terrible dolor de cabeza. Ella, no sólo era jugadora, sino puta y ladrona.

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Comenzamos a beber con un compañero de trabajo que poseía automóvil en El Don Pedro, aquel ubicado en la Roosevelt, el viejo, el primero y cuyo slogan era, Si le pareció nuestro servicio dígaselo a sus amigos, sino a Don Pedro. Este chero con el que andaba y que después murió ahogado al enredarse en las lianas del lago de Ilopango, le encantaba el trago blanco, a mi en cambio sólo cerveza o guiski, pero poco, porque me ponía a verga y perdía la conciencia. Después de echarnos una botella de vodka, yo no recuerdo qué pasó. Desperté en la playa con una chava, que no sabía quien era, de dónde había aparecido, ni cómo había ido a parar hasta el mar. Dicen que son lagunas mentales y que existen alcohólicos que les han durado hasta más de una semana, la mía fue de tan sólo media noche, pero estaba en un gran huevo. Ya había aclarado, el chero quién sabe que se había hecho y yo me encontraba con sólo mis calzoncillo en la playa. Afortunadamente a un lado teníamos una botella, de modo que para mientras se aclararan las cosas, me empiné la botánica y se me fueron los problemas.

Como a la hora, luego de haberme bañado con la chava en el mar y de cogerla aprovechando el manto de las aguas salitrosas, fue apareciendo el compañero, quien venía con otra mujer. Ya despertaste, me dijo. Si, respondí. Pero la verdad es que estaba nuevamente a verga. Vestite, me dijo, allí en el carro está tu ropa y la de esta chava.

Me contó, después de dejar a las putas en un burdel lo que había pasado. Y a propósito, agregó, me debes cien pesos. Bueno respondí.

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Al momento de partir hacia Moscú, tenía cuatro novias y a ninguna me cogía, razón por la cual sufría de terribles dolores en los testículos, en la URSS ya no padecí de tal molestia, aprendí a desaguarme o a descargarme. Pero de lo que quiero hablar es de lo complicada que se me hizo la despedida, sabía que una de mis novias estaría con seguridad en el aeropuerto, en el viejo, el de Ilopango, pero que era mejor que aquel al que llegamos en Moscú, de manera que con ella quedamos de despedirnos en el aeropuerto y lo hicimos con un beso largo, con un poco de llanto y con más de alguna promesa. Ella murió para la guerra, la misma noche que los jesuitas, era una mujer sensible y revolucionaria, formada en las filas del PCS, como casi toda su familia y yo creo haberla amado, aunque nunca la volví a ver, desde mi partida en el aeropuerto.

A otra, que era mi compañera en la facultad de derecho, le dije que yo no era bueno para las despedidas y que mejor nos viéramos en la facultad. Así lo hicimos, ella quería que hiciéramos el amor y yo también, pero tuve escrúpulos de cogerla y dejarla preñada, sin saber cuándo habría de volver. Habíamos pasado buenos momentos cuando después de los mitines, su cuñado nos sacaba del parque Libertad en su carro, en donde yo había hablado y nos íbamos a joder.

A la novia del pueblo le escribí una carta. Y a la de Cojute, la había ido a ver el fin de semana anterior. Dormí en su casa, como solía hacerlo, cenamos majonchos asados con pan francés, y luego nos dedicamos al besuqueo, pero nada de sexo. Eso es lo que yo creía, pero había llegado a su casa con muchas cervezas consumidas y si bien yo no creo que exista una relación causal entre bebidas y sexo, de lo que no tengo duda es que existe una correlación y yo, cuando bebía más de la cuenta, era casi imposible que contuviera mis ganas de mujer. Y es por eso, que terminé creyendo, cuando ella me escribió una carta a Moscú que tal parecía que me la había cogido a pesar de toda mi retórica al respecto.

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Safari se llamaba aquel nigt club ubicado al final de la Escalón, cuando aún no existía el redondel Plastymet, -llamado así por los chicos plásticos que bebían a su alrededor- en el cual para la ofensiva del 89 la guerrilla izó la bandera del FMLN y perdió todo su encanto para la pequeña burguesía reaccionaria y arenera. Safari se llamaba aquel lugar porque además de bebidas, te ofrecían un buen show y la oportunidad de que cazaras algo o que fueras cazado por las chicas ficheras, quienes te hacían pagar por un güisqui y se tomaban tan sólo un te. Ese era el negocio y por eso, Safari se llamaba. Pero allí conocí a una hermosa chilena que soñaba con poner una fuente de soda, cuando lograra regresar a su país, luego que derrocaran a Pinochet, la causa de su exilio. Por ahora cantaba, mientras su hermano la acompañaba con la guitarra. Y lo hacían muy bien. Nunca olvido aquella su canción de apertura, Y ese toro enamorado de la luna, que abandona por la noche su maná, está pintado de….. Y le puso campanero el mayoral… Bello que cantaba. Yo no faltaba viernes, ni sábado a escucharla y creo que me estaba enamorando de ella. Huevo serio enamorarse de una artista siendo un pobretón como yo lo era.

En cierta ocasión, luego de observarme numerosas veces en primera fila, decidió sentarse en mi mesa y al verme perturbado, me dijo, No te preocupes, sólo quiero conversar contigo, aquí traigo mi limonada. Que alivio. Porque apenas me alcanzaba para pagar mis cervezas. La chica era de una familia, si no revolucionaria en Chile, si muy progresista, y sus padres fueron desaparecidos, como muchos chilenos luego que Pinochet, derrocara al primer gobierno socialista en América Latina que llegaba al poder vía elecciones. Claro las transnacionales, la burguesía chilena y los gringos no se lo esperaban, pero para eso tienen a los milicos, a los gorilas, a los chafarotes para que les corrijan sus errores. Mirá cabra, me dijo mi madre, la última vez que la vi, tenés que abandonar Chile, la dictadura que se viene será para largo rato. Con el apoyo de mis padrinos, logramos emigrar y por el camino fuimos aprendiendo a ganarnos la vida. Han pasado diez años y no se cuándo volveré, pero no pierdo las esperanzas. Así se expresaba aquella bella cantante chilena, de la que yo me estaba enamorando.

En otra ocasión, más delante, nos fuimos a cenar. Tenés coche, me preguntó, Si, respondí. Ah, entonces, vámonos, yo te invito a cenar y nos fuimos. Fuera del escenario su mirada reflejaba una profunda tristeza, lo que aún no conocía era su profundo odio por Pinochet. Pero en cierta ocasión, cuando ya teníamos más confianza y estábamos al borde de la cama, me dijo, de alguna manera aunque esté lejos de mi país, no soy ajena a lo que allá sucede y una forma de solidarizarme con la lucha es enviar, mes a mes, mi contribución al MIR. Yo se, estoy segura de que un día lograran ajusticiar a ese grandísimo hijo de puta de Pinochet.

Cayó la dictadura argentina, a Strossner se lo terminaron quebrando, cayó Somosa, pero el Pinochet tuvo parecida suerte que Franco, murió muchísimos años después de muerte natural.

Nuestras relaciones se encaminaban a la cama y terminamos cogiendo, no creo poseer ningún mérito en ello, sencillamente, las circunstancias se fueron confabulando y nos llevaron hasta allí. Ella, si bien vivía de la burguesía, odiaba a los burgueses y nunca se iba a vender. Encontró en mi a su alma gemela, y aunque para entonces ya era un alcohólico y fue por mis bebetorias que me conoció, ella sabía que yo era de izquierda, que odiaba a la burguesía y al Pinocho desgraciado. Aunque nunca le confesé, mis inclinaciones por la guerrilla, bien sabía que había estudiado en la URSS.

Mira, cabro, me dijo en cierta ocasión, no es necesario que vengas a gastar a este antro, espérame a la salida y nos vamos a otro lugar. Cogíamos seguido, aunque no regularmente, a veces terminaba de cantar demasiada entrada la madrugada y yo no resistía la espera y me marchaba. Pero todo estaba hablado.

Cuando le propuse que nos casáramos, que se radicara en el país, que la fuente de soda bien podría tenerla aquí, descubrí lo mucho que amaba a su patria y una semana después, se largó sin decirme adios. No se si logró tener su fuente de soda en Santiago, Pinochet se alargó demasiado, pero fue una bonita experiencia y merecía ser contada.

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Ella se merecía mas de una canción interpretada doblemente con instrumentos diferentes, como aquella serenata que le llevé en un arranque de romanticismo fruto de la gran borrachera que cargaba. El trío, arrancó con Escándalo, una canción de Marco Antonio Muñïs, dis que dedicada a los amores homosexuales y luego el viejecito del acordeón la interpretó instrumentalmente, luego vino Mujeres Divinas y finalmente, el Día que me quieras. Las tres con letra y con sólo acordeón, había sido una serenata de seis canciones. Yo apenas me mantenía de pie, pero me sentía inspirado, amoroso e ingenioso. ¿A quién se le podía ocurrir llevar una serenata como la mía?

A ella la había conocido en el ambiente publicitario, en cierta ocasión modelamos los dos, como pareja, un comercial para quesos, de Coco Salune, cuando éste aún no era un magnate y de ese encuentro creo que algo surgió. Simpatía, amor es mucho decir, ya que ella estaba destinada a las grandes ligas, casarse con un oligarca era lo menos que se podía esperar de su belleza única e indescriptible, y así lo hizo años después. Pero mientras llegaba a donde se encaminaba con sus pasos de secretaria bilingue, inteligente y bella, yo me atravesé en su camino y no se ni cómo, pero lo cierto es que logré seducirla y después dejé que me poseyera.

Ella era conocida como la Chica Parma en mi ambiente publicitario y nadie creía que me estuviese acostando con ella, lo cual obviamente, a mi no me importaba. Las mujeres que me poseyeron, nunca podrían estar en mi sala como trofeos de mi cacería, sencillamente las circunstancias, nos llevaron a acostarnos y así como habían surgido así se desvanecieron; sin embargo, mis neuronas las registran, porque fueron parte de mi vida, en aquellos años en que la juventud te permite algunos lujos.

La Chica Parma, se fue como vino, como una brisa de octubre…


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Nuriam Casiano se llamaba, había sido la amante del Chele Medrano y por eso, aún conservaba en su vehículo, un volksvagen descontinuado, una metralleta. La conocí en el Boulevard del Hipódromo, en aquellos primeros pininos de la Zona Rosa, donde poseía un restaurante, un bebedero o un pisadero, llamado El Satélite. En cierta ocasión compartí con ella, la Nurian, un pastel aderezado con LSD. Y cosa maravillosa luego de comerlo fui al baño y me sentía ser una vejiga, caminé como si fuese rebotando, hacia arriba y hacia abajo, me sentía feliz.

Luego me dieron de probar mariguana y un poco de heroína, aquel lugar si era un centro de drogadicción, no como los casinos contra los cuales mantiene su campaña activa El Diario de Hoy. Habiendo ingerido LSD, mariguana y heroína, ciertamente, estaba experimentando un cruce terrible, comencé a sentir los pies de plomo. Deseaba caminar, deseaba irme de aquel lugar, pero no podía, estaba aletargado, todos mis movimientos eran lentos.

Del rebotar bonito de mi primera reacción ante el LSD, había pasado a una situación terrible y desesperada, que no podía controlar. Parecía un robot descompuesto, con lentitud en todos mis movimientos, cuando se acercó a mi la dueña del lugar. La Nuriam Casiano, quien me dijo, Estas mal, verdad, mi amor, vente, te llevaré a reposar y ya pronto estarás bien. Me dejé llevar, no tenía otra opción más que aceptar su propuesta, caminé cual sonámbulo hasta sus aposentos, donde me inclinó en una cama y allí me quedé quieto. Ella, mientras tanto se desvistió, tomó una ducha y luego se sentó frente a mi como esperando que me pasara el efecto de las drogas. Cuando ya me vió casi vivo, me desvistió y me poseyó.

Una cogida bajo el efecto de las drogas es algo indescriptible, y yo esa noche la estaba experimentando, la Nuriam Casiano me estaba introduciendo a un nuevo mundo, lo difícil fue salir de allí. Ya no concebía el sexo sin el efecto de las drogas y para conseguirlo, me estaba convirtiendo en un esclavo de la Nuriam Casiano.

Afortunadamente para mi, vinieron los años de la guerra y la disciplina que me exigía la organización más radical de izquierda de la cual era colaborador, no me permitía seguir con mis lujos de drogadicto y corté de un tajo con mis visitas al Satélite y mis relaciones con la Nurian Casiano. La guerra también nos salvó de nuestras costumbres pequeño burguesas.

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Ella era algo así como un ángel, cabello rubio platinado, mejías rosadas y boca carnosa, manos finas y delicadas, uñas pintadas de un color granada, busto erguido pero sin ser llamativo, las piernas delgadas y las nalgas suaves. No era una mujer voluptuosa, pero si muy atractiva, su risa cristalina llenaba cualquier ambiente en que se encontrara. Todo ello lo supe y lo archivé en mi memoria, la primera vez que la vi, en aquel improvisado restaurante de la Feria Internacional, donde con unas amigas compartían sendas garrafas de cerveza y salchicha alemana. Yo estaba solo, bebiendo mi soledad en silencio. Después del trabajo, se me ocurrió que debería darme una vuelta por la Primera Feria Internacional, la cual me quedaba en la ruta hacia mi casa.

Después de varias rondas de cerveza ella y sus amigas estaban algo ebrias, yo un poco mas porque había llegado con anterioridad y había bebido, quizá, unas tres rondas de mas. Mientras la contemplaba como a una Diosa, la Diosa encarnada de la cerveza, iba escribiendo en una servilleta un poema para ella, la memoria no me permite reescribirlo y no guardo registros del mismo, porque ella se quedó con él.

Por esa época nadie se atrevía a decirme, Viejo piña, qué me mira. Era joven y no mal parecido. Pero el Angel se levantó de su mesa y se dirigió a donde yo estaba. Tengo ratos de sentirme observada por usted y ya me siento mal, quizá nerviosa, ¿acaso yo lo conozco a usted?, me dijo. No lo hizo enojada, ni molesta, a lo más incómoda. Las miradas insistentes de otro ser humano, siempre te incomodan. Nada respondí, tan sólo le entregué la servilleta con mi poema ya concluido. Lo tomó, lo leyó y se lo introdujo en medio de sus tetas y regresó a donde sus amigas.

Ellas siguieron bebiendo, como yo también. El incidente parecía algo concluido, aunque yo no dejé de contemplarla, ¿cómo poder dejar de mirar a un ángel? Serían como las once de la noche, cuando ellas se marcharon y me quedé perplejo y haciendo mil conjeturas cuando el Angel, se despidió, lanzándome un beso. El viernes aún eran joven y seguí bebiendo, hasta como las dos de la madrugada. Me sentía feliz, eufórico, como nunca había esperado nada de la vida, que viniera de manera gratuita, aquel gesto del Angel, me tenía anonadado.

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, dice aquella canción de Rubén Blades, y el lunes cuando me presenté con mi jefe de la agencia de publicidad, a visitar a nuestro posible nuevo cliente, una de las empresas más importantes del país, el encontrar a la par del don, en la mesa de conferencias a mi Angel, era una cosa increíble. Era obvio que ella era la hija del don, a una secretaria no se le sienta nunca a la par del mero macizo. Puta que huevo, yo tenía que hacer la presentación de la campaña de publicidad, la cual me había devorado los últimos tres meses de trabajo y en la cual me jugaba mi futuro en la publicidad. La hice lo mejor que pude, cuidándome de no ver a mi Angel, cualquier gesto de disgusto de su parte me hubiera aniquilado. Al don pareció gustarle nuestro trabajo y nos confió su cuenta de publicidad.

Se me asignó la tarea de ejecutivo ante el nuevo cliente, mi salario se duplicó ipso facto y mi contacto en la empresa no era otro que mi Angel, quien recién se graduara en comercialización en una Universidad gringa. En nuestra primera entrevista, me dijo, Si escribís poemas tan bellos, cómo no hacer una campaña de publicidad tan buena. Te felicito, Demian.

Nunca fui por la vida buscando el éxito mediante un buen bragetazo, pero con aquella chica tenía todas las condiciones para conseguirlo. De alguna manera me admiraba, mis ideas le parecían geniales, si ella hubiera sabido como me devanaba los sesos para poder ofrecerle las mejores ideas publicitarias, me hubiera premiado con un beso, pero no, ella me tenía preparado un premio mayor.

Había transcurrido un año desde que nosotros le hiciéramos la publicidad, las ventas se habían duplicado, el don estaba feliz con su hija y ella, lo estaba con migo.

Llegó la fiesta de navidad de la empresa y yo fui invitado, asistí en mi nuevo auto recién adquirido, me sentía ya un ser importante en aquel mundo de la publicidad y los negocios, pero lo que más me entusiasmaba es que aquel día, a lo mejor, podría tener la oportunidad de bailar con mi Angel.

Nuestras relaciones habían sido estrictamente profesionales, pero en el fondo de mi corazón, yo deseaba que aquella mujer me poseyera, aunque la veía tan distante, tan inasequible. Siempre me decía, ¿cómo se va enredar con migo, si yo tan sólo soy un gato? Y para más joder estaba casado.

Pero el baile estaba allí y me atreví a invitarla, nunca nuestros cuerpos habían estado tan próximos como aquella noche. Su cuerpo estaba ligeramente cubierto por un vestido de gigantesco escote, que casi mostraba su bellas nalgas, la estreché hacia mi y comencé a decirle un nuevo poema, suave y dulcemente en sus oídos. Ella que a sus veinticinco años aún no conocía el amor, tal parecía que estaba experimentando la misma loca pasión que yo sentía, de modo que en un giro del baile, en que nuestras bocas quedaron frente a frente, ella se atrevió y me besó. Después de aquello sólo era cuestión de encontrar el lugar adecuado para amarnos y éste resultó ser el estudio de su padre.

Me cogí a un Angel y aunque fue la única vez, nunca la olvido. Pero ocurrió que el estudio de su padre no era el lugar adecuado, cuando éste llegó con sus amigos, nos encontró vistiéndonos luego de lo que era evidente un acto de placer. Perdí la cuenta, así como mi empleo en la agencia de publicidad y a ella, no tuve la oportunidad de volver a verla, porque su padre la envió a sacar un post grado a Inglaterra.

La vida nos da sorpresas, sorpresas nos da la vida…


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Un paréntesis reflexivo, honesto y sincero como sólo se puede hacer cuando los años nos han hecho que los huevos se mojen al defecar, cuando orinar nos cuesta un gran esfuerzo, aunque despertemos cada hora para ir al baño, cuando nuestro moco lo miramos marchito e incapaz de ponerse de pie. Cuando a las chicas sólo las miramos y de nuestras miradas, lo más que se puede esperar, es una buena mamada. Cuando te duelen los huesos en las madrugas, cuando cualquier topetón se te convierte en terrible morete. Cuando la toz de fumador es cosa de todas las mañanas.

Reflexionando sobre las muchas chicas que no me poseyeron, cabría preguntarse, si el argumento del no casorio ¿no sería nada más que un cuento, para esconder mi complejo de pene pequeño? Podría ser que temiese no satisfacerlas, aunque no me lo confesase. Pudiera ser que temiese a que soltaran una carcajada al ver mi pequeña cosa. Que el complejo lo tenía no me cabe la menor duda, ya que nunca me desvestí frente a otras personas. Aunque la señora, con la que pusimos la agencia de publicidad, mujer con mucha experiencia en estos menesteres, me aseguró, que el tamaño no tenía nada que ver para satisfacer a una mujer. Vea, agregó, en algunos casos un pene muy grande lejos de causar placer causa dolor. Lo mismo me manifestó otra mujer de mucho conocimiento en materia de penes, propietaria de un nigt club y que siempre cargaba en su carro una metralleta que le había regalado el Chele Medrano, con la que yo llegara a intimar. Yo, me dijo, prefiero mil veces un pene pequeño pero grueso, a uno largo y delgado.

Por otra parte, como en esto de mi pequeño pene era obsesivo, consulté con un ginecólogo amigo. Me contaba él, que en esto del sexo lo importante es descubrir el punto de placer de la mujer, pero nunca se lo encontrarás si sólo vas a penetrarla, me decía. Hacer el amor es todo un arte y por eso se escribió El Kamasutra, pero vos podes encontrar tus propias técnicas, pero nunca, nunca olvides los juegos presexuales, concluyó.

Usted concluya lo que quiera, para eso están mis memoriales, escritos con toda la fidelidad que mi memoria lo permite. Téngase presente que con los años las células cerebrales se van deteriorando y aunque dicen que los viejos recuerdos no se borran, sino que no se logra archivar los nuevos, usted dirá. Seguramente es por eso que estos memoriales no incluyen nuevas experiencias. ¿Pero las existirán?
¿Acaso camino al trabajo, cuando aún conducía mi coche, no me habré levantado más de alguna chava? Y si lo hice, ¿cómo sería, cómo me trató, me cobró o me consideró una inversión o un objeto de placer? No se, no lo recuerdo. Aunque alguna sorpresa puede existir, uno nunca sabe, porque el juego no termina hasta que termina, como dicen, nuestros brillantes comentaristas de fútbol.

Pero luego de la reconciliación con mi mujer, recuerdo haberle confesado en un bar, al que ella me había invitado a echarnos unas cervezas, para luego irnos a coger entonados, que yo sí había tenido relaciones con otras mujeres y, entre sollosos, me manifestó, que ella en cambio no se había enredado con nadie, aunque había tenido varios pretendientes. Bueno, eso era problema de ella. Ambos éramos libres y podíamos disponer de nuestros cuerpos en la forma en que quisiéramos, son estos los privilegios de vivir en una sociedad democrática como la nuestra, ¿o no?

Capítulo 12: Las putas que me poseyeron y sus lugares de trabajo.


Cualquiera podría pensar que las prostitutas no tienen cabida en estos memoriales, que sólo vendrían a arruinar las historias de amor que he narrado. ¿Pero es que acaso existen diferencias tan profundas y marcadas entre tener relaciones sexuales con una amante, una esposa, una bliat, una novia, una prostituta o una mujer casual?

¿Qué hace tan diferente a las trabajadoras del sexo, como para que yo me negase a hablar de ellas? Algunas fueron muy bellas, otras muy complacientes, algunas cariñosas, otras comprensivas. Otras, feas y viejas, pero me brindaron un momento de placer. También ellas me poseyeron y por eso, aunque sólo fuera por eso, tienen todo el derecho de aparecer en estos memoriales. Seguramente no logre describirlas con toda la precisión que se merecen, al fin y al cabo, no pasaron de ser más que una y sólo una, aventura nocturnal. ¿Te haz preguntado por qué las relaciones con las prostitutas siempre son nocturnas? Aunque no siempre fue así y no tiene porque serlo.

La primera mujer que me poseyó, era una puta vieja, pero sin exagerar, toda mi generación fue poseída por ella y sin duda que también la anterior a nosotros, o sea la de nuestros padres. Ocurre que, por entonces, era la única puta que había en el pueblo y no tenías otra alternativa que ser de ella o no ser. Y en la adolescencia es de suma importancia el ser, de lo contrario se te podía cambiar de lugar el objeto de placer.

Cobraba miserables veinticinco centavos y aunque era poco dinero nos resultaba difícil conseguirlos, había que sacrificar una ida al cine, cinco conservas de coco o dos minutas y media, lo cual no era poco. Pero lo hacíamos, el placer de penetrar a aquella anciana, era incomparable. Es por ello, que cuando la luz del sábado partía, más de alguno estaba esperando que ella entreabriera la puerta de su casa para entrar con sigilo. No te vio nadie, nos decía. No, respondíamos. Aunque todo el pueblo sabía cómo se ganaba la vida.

Con honestidad, lo digo, nunca supe qué aspecto tenía. Sólo sabía que era vieja porque la sentía al palpar su cuerpo marchito. Pero a quién le importaba.

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Después vino la Ciguanaba, ésta era otra vieja pero no tan vieja, tendría quizás unos cuarenta años y cogía en el monte. No era puta declarada y por eso, no tenía un lugar de trabajo. Le hacías una seña y ella caminaba hacia las fincas cercanas. También cobraba poco, pero era muy exagerada con el tiempo. A penas se la habías metido y ya estaba jodiendo con que ya habías terminado. El tiempo que te venden las putas se agota cuando terminas, al menos, así era para aquellas de mi pueblo. Después hasta las contraté por una noche.

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Había otra que vivía en el campo, nunca supe si tenía marido, pero si sabía, porque era saber popular juvenil, que los viernes bajaba a hacer los comprados y a ver que ganaba. De modo que uno la esperaba en la ronda, cerca del mediodía. Y ella, al verte sentado en alguna piedra a la vera del camino, esperándola obviamente, buscaba el lugar apropiado. Uno sólo la seguía como perro que persigue a la chucha en brama, aunque ella no lo hacía porque estuviera apta para ser fecundada, sino porque esperaba ganar unos centavos. Su cuerpo era macizo, sólido, seguramente, además de las caminatas al pueblo realizaba algún trabajo físico que la mantenía en forma. Pero tenía un defecto que a mi me desagradaba, el hueso encima de su cosa era muy saltado y luego de cogerla no dejaba de quedarle a uno cierto malestar, un dolorcillo desagradable arriba de los geniales. Por lo demás era paciente, tranquila y cobraba los mismos veinticinco centavos, que el mercado había establecido como tarifa para las trabajadoras del sexo, allá en mi pueblo por aquellos años. Dorados tiempos, les llaman, a los que ya son cosa del pasado y se pintan mejor que el presente; sin embargo, conseguir la peseta que eran los honorarios de la campesina no siempre resultaba fácil, éramos unos acabados de mierda. Nuestra sociedad es y era así, hasta para tener sexo había que tener dinero, es la mercantilización de los bienes y servicios, como diría un bicho que ha recibido un curso de economía política marxista.

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Después vinieron las putas que llegaban a la fiesta de agosto en Cojute, donde estudiaba bachillerato. Estaba en lo mejor de mi adolescencia. Los profesores del Instituto, nos advertían de los riesgos de contraer una enfermedad venérea con ellas, con las pécoras que ponían sus lugares de trabajo en el campo de la feria, y nos recomendaban no visitarlas; sin embargo, era una ocasión soñada para conocer mujeres nuevas. Afortunadamente, por aquella época no había SIDA y pudimos coger sin arriesgar la vida, aunque los chancros y las purgaciones eran cosa común, porque eso de coger con capucha no era nuestra costumbre. Además ya sabíamos que la peor purgación se acababa con una Bencetacil 6-3-3, de modo que cuando ocurría algún percance, llegábamos a la farmacia a que nos la inyectaran. En la farmacia no había ningún problema, el o la encargada, ya sabían de estas cosas, el problema era conseguir los cinco cincuenta que costaba el medicamento. Pero se conseguían, a los jóvenes lo que más les abunda es la imaginación, así como aquella osada idea de que a mi no me va a pasar.

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Andando el tiempo y ya estudiando en la Universidad y recibiendo además una beca de noventa colones de aquel tiempo, los cuales me parecían una fortuna, lo primero que hicimos al recibir nuestra primera mesada, por indicación de uno de los de mayor edad, fue dirigirnos al Montecasino, un burdel ubicado en Soyapango y que éste compañero conocía. Nos fuimos en taxi, como magnates, y entramos a aquel encantador lugar de luces tenues y mujeres bellas, todas disponibles para nosotros. Una cinquera con música suave alegraba el ambiente y podías bailar con la chica que quisieras. Allí, vos eras dios, o poco menos que eso. No tenías que rogar a nadie, ni convencer, ni seducir a las chicas, sencillamente tomabas de la mano a la que te gustara y la conducías a la pista de baile. Luego si te agradaba, le preguntabas por el quantum y estando de acuerdo en los honorarios por sus servicios, ella te conducía a una habitación, donde tenías derecho a un polvo y nada mas. La inflación y la calidad del producto habían multiplicado por cien los costos de echar un polvo. Pero bueno, son cosas sobre las que los humildes mortales no pueden incidir. Lo único que importaba es que podías seguirte costeando las cogidas con las putas, aunque los precios anduvieran por las nubes. Bellos que son los burdeles, o al menos, lo eran en aquel tiempo cuando el SIDA aún no había minado las confianzas.

Cogimos y bebimos o al revés, bebimos primero y cogimos después, lo cierto es que pasamos toda la noche en el burdel y a la mañana siguiente, veníamos los recién becarios de la Universidad y las putas, en el mismo autobús, para San Salvador.

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También visité la Punta del Este, el burdel más exclusivo en los años sesenta y lo digo, desde mis limitados conocimientos en materia de pisaderos. Pero a este lugar no podías entrar si no ibas de traje, sólo la entrada te costaba diez colones, las cervezas valían tres cincuenta, los sencillos de vodka ocho, no supe del precio del güisqui, pero imagino que un sencillo te lo metían en quince. Las muchachas ciento veinticinco. No gracias, mejor me voy a la Casa Rosada, donde siguen a veinticinco. A la Punta del Este sólo fui a pasear, invitado por un amigo abogado, pero tampoco él se animo a pagar lo que cobraban y frustrados por nuestra condición de pobres, terminamos bebiendo en La Praviana, donde era posible conseguirse una puta hasta por veinte pesos, pero a causa de la mala experiencia hasta las ganas de revolcarnos se nos habían pasado. Bebimos hasta el amanecer, para terminar desayunando panes con frijoles, queso y huevo duro en un cafetín ambulante, llamado El Amanecer, que se instalaba en la plaza 14 de Julio. Tiempos aquellos antes de la guerra, cuando ser revolucionario no te costaba la vida y no te significaba más que hablar sobre el socialismo, mientras bebías en El Faro o La Praviana. Luego todo cambió con la guerra. Luego todo cambió con la paz. Luego todo cambió, hasta nosotros.

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El Fory- Five, era un burdel tranquilo, de clase media, pero con chicas de primera, no engalanadas, ni pintarrajeadas como las de La Punta del Este, pero si bonitas, agradables, querendonas, apetecibles, pisables dados sus precios asequibles. Allí conocí a la Nuria, chica de rasgos árabes, seguramente de ascendencia Palestina, luego de varias visitas, ya me consideraba su cliente, lo cual le permitía exigir ciertos derechos adquiridos sobre mi persona en relación a las otras pécoras. Yo encantado de la vida, porque me gustaba, me agradaba la Nuria, es que las mujeres de origen árabe siempre me han seducido, aunque yo me sienta de origen canario cuando escucho sus cantos en la tele. De modo que si llegaba y ella estaba ocupada, sólo me ofrecían bebida, y me decían que ya pronto vendría, que andaba por el baño. Andaba trabajando, eso yo lo sabía, ¿pero acaso ese no era su negocio? Cuando nos tuvimos un poco de confianza, me confió que estudiaba en la UCA y que al no mas graduarse iba a dejar este trabajo. Que le salía bien pesado luego de la Universidad venirse para el trabajo y que casi no le quedaba tiempo para estudiar porque amanecía desvelada. Afortunadamente, con escuchar las clases, le bastaba para aprobar la mayoría de materias y cuando había una muy difícil o que el profesor era muy exigente, se hacía amiga de él y que hasta ahora ninguno se le había resistido. Mala suerte la tuya, me dijo, en cierta ocasión, si fueras mi profesor no tendrías que gastar nada. Así es nuestro maravilloso sistema democrático, cuidémoslo, ya que sin las oportunidades que nos brinda el capitalismo, las putas no podrían estudiar.

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El Palo de Amate era un burdel ubicado en la carretera a Los Planes, regenteado por un marica de cara pintada que te recordaba a los Faraones egipcios, se vestía de mujer y se miraba bien. Hablaba como mujer, sus ademanes eran de mujer y hasta caminaba como puta. Parece que su nombre era Tamoa, más no estoy seguro. Pero la gran atracción era la Natasha, blanca, alta y de peluca rubia. Bailaba mostrando todos sus atractivos y permitía que le colocaran billetes en las bragas, pero sólo en la parte de atrás. Finalizaba el baile con un sexual streptease, que ponía locos a todos los hombres borrachos y más de alguno se prendó de ella. Concluía su espectáculo, mostrando sus nalgas redondeadas, chelitas y apetecibles. Ella, también era marica, aunque no lo pareciera. Por su gracia y su belleza, en nuestros tiempos modernos, seguramente que hubiese sido el primer matrimonio gay en nuestra patria, pese a los berrinches de los democretinos.

Pero lo que no he narrado es que de allí me llevé a una chava a un motel, ¡Estaba tan pero tan buena que no pude resistir la tentación! Rondaba los veinte años, blanca de pelo azabache, sonrisa que llamaba al beso, dientes blancos y perfectamente alineados, piernas preciosas y busto muy bien proporcionado para su cuerpo relativamente flaco. La tentación de poseerla más allá del miserable polvo que te aguantaban en los burdeles, fue tanta que arriesgué una fortuna, para lo poco que yo ganaba, por pasar una noche entera con ella. Pero cruel y traicionera, como toda puta, sólo quiso coger una vez. Que estaba cansada, que le dolía la cabeza, que lo hiciéramos al amanecer… Puta, me hizo sentir en mi casa con mi mujer.

Y para más joder, al día siguiente, cuando llegué a mi casa, me di cuenta que había olvidado mis anteojos y los necesitaba para trabajar. Por esa época trabajaba en una empresa de filmación de comerciales para televisión y no podía prescindir de mis gafas, de modo que partí para el motel, pero me dijeron no haber encontrado nada. Coño, que huevo. Bueno, me dije, tal vez la puta se los llevó, de modo que corrí hacia el Palo de Amate. Llegué a eso de las nueve de la mañana. Nadie respondía a mis llamados y yo estaba desesperado. Para tener otros lentes, tendría que esperar, al menos, una semana, suficiente tiempo para que me echaran a la mierda del trabajo. Afortunadamente, también en esta ocasión, la fortuna me acompañó y salió a abrir, la única puta que no estaba desvelada, porque había dormido conmigo. Mis anteojos, le dije, ¿vos te los trajistes? Ya vengo, respondió y regresó con mis preciadas y apreciadas gafas. Gracias, le dije, aunque hacía un rato la había puteado por puta e hija de puta.

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La Casa Verde fue un intento de la izquierda salvadoreña por crear un burdel diferente, un pisadero de nuevo estilo, donde sin destruir la esencia burdelesca, se generasen espacios para el arte y la cultura. Es por tal razón que muchas chicas universitarias luego de presentar una obra de teatro, un recital de poesía o un concierto de música revolucionaria o al menos de protesta, estaban disponibles para el mejor postor. Ah! Pero aquí también había una innovación, deberías de gustarle a la chica y nunca negociar con ella la tarifa, de eso se encargaba la matrona. Pagabas o pagabas, por anticipado y sin chistar. Pero esto fue después de la guerra, después de los acuerdos de paz, cuando volvieron nuestros compatriotas del exilio y les parecía que lo de las jineteras en Cuba era parte del socialismo. Si en Cuba se hacía, ¿por qué no en El Salvador? Aquello era una forma de ir robándole espacios al capitalismo, de ir construyendo el socialismo desde abajo, con empresas autogestionarias, participativas y solidarias, aunque fuesen de putas, al fin y al cabo el fin justifica los medios, como nos enseñaron nuestros próceres, los dirigentes históricos.

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Había un burdel en la calle a Santa Tecla, que después de un tiempo se convirtió en Pollo Campero, muy próximo a la Feria Internacional y a lo que fuera la Escuela Militar, el alma mater, de los torturadores y asesinos, sirvientes de la burguesía y enemigos del pueblo. Recuerdo cuando en un debate por la tele entre Fabio Castillo, líder de la oposición y Fidel Sanchez Hernández, conocido por Tapón, por su corta estatura, candidato del PCN, éste último hizo referencia a la Universidad de El Salvador, como nuestra Alma Máter, Fabio le ripostó inmediatamente señalándole su estupidez, al aclararle que su Alma Mater, sería la Escuela Militar, pero nunca la Universidad de El Salvador, de la cual no conocía ni siquiera sus pasillos. Pero así eran de imbéciles nuestros gobernantes, como lo siguen siendo ahora, cuando un turco bachiller nos gobierna, gracias a que los turcos, han copado nuestra economía. Antes a su centro social le llamaban El Prado, cuando aún los judíos y la oligarquía criolla, nos controlaban, ahora que son ellos, los turcos o palestinos, a su centro social le llaman con descaro Centro Arabe Salvadoreño.

Pero bien, hablaba de un burdel al cual llegaba los viernes, luego de beber en los chupaderos del centro de San Salvador, cuando ésta era una ciudad vivible y donde además del Faro y la Praviana, existía el Gambrinos y el Bengoa, este último antiguamente una sorbetería, convertida en bebedero luego de que un incendió lo consumió, ahora convertido en un Mac Donald, se ubicaba en la esquina opuesta al Teatro Nacional, y donde frecuentaba un caricaturista alcohólico, cuyo slogan o frase de presentación era: Con bigote o sin bigote y con unos cuantos trazos de su magistral mano de dibujante frustrado, te capturaba en su libreta, de la cual luego de una cerveza por pago, arrancaba la caricatura y te la entregaba solemnemente como si fuese una verdadera obra de arte. Vestía un saco viejo, descolorido y ajado como su vida entregada a la bebida, pero él nos inmortalizaba con sus trazos a lápiz y más de algún profesional, conservaba en su estudio, aquellos recuerdos de juventud enmarcados lujosamente, sin mencionar su origen etílico.

Pero bien, cada viernes cuando me hartaba de beber y conversar en aquellos chupaderos del centro de San Salvador, cuando el Centro Histórico era visitable, algo que tontamente quieren replicar los consejos municipales de San Salvador, como si eso fuese posible, me dirigía a mi casa por la calle a Santa Tecla y pasaba por aquel burdel, de nombre ya olvidado, donde solía echarme una cerveza, pero nada de coger. Tenía fama de marica, pero no me importaba era fiel al precepto de un publicista mexicano que me había dicho, No importa la hora, ni como llegués a tu casa, pero nunca dejés de coger a tu mujer y te aseguro que nunca tendrás problemas.

Yo cumplía al pie de la letra aquel mandamiento, para mi, más importante que el cuento del Decálogo escrito en piedra, entregado no se porque divinidad a un tal barbudo de nombre Moisés, guerrillero seguramente, pensaría el editorialista del Diario de Hoy, pero santificado por los judíos, quienes durante demasiado tiempo ya, dominan el mundo, gracias a su show del holocausto, mientras en el hoy, en el ahora victimizan a los palestinos de peor manera que Hitler, el nazi antisemita.

En este burdel en el que sólo me bebía una cerveza fue el lugar de encuentro con una curiosa mujer, la cual no parecía puta, ni hacía que la invitaras a beber o a fumar, su cultura era profunda, además del español dominaba el inglés y el francés, discutía con propiedad sobre los clásicos de la literatura española, francesa, rusa o inglesa, intrigado, le pregunté, primero, acerca de cómo conocía tanto de literatura y segundo, por qué llegaba a aquel lugar. Bueno, me dijo, en cierta ocasión en que había bebido más de la cuenta, ocurre que me eduqué en Europa, mis estudios de secundaria los hice en Londres y los universitarios en Paris. Pero ya ves como es la puta vida, yo amaba a un poeta salvadoreño, a quien había conocido en Paris, pero mis padres cuando se enteraron de que era revolucionario y miembro del Partido Comunista, se opusieron, a mi no me importó y me casé con él, ellos me desheredaron. Pero hasta allí no había problema, yo lo amaba, pero él, era un gran puto y se cogía a cualquier mujer que conocía. Entonces, yo herida y defraudada, comencé a cogerme a sus amigos. El me trato de puta y me dejó. Fue entonces que decidí hacerme de verdad puta. Llevo diez años en esto y no me importa, el amor o la vida. Mis padres cuando se enteraron de mi ruptura, me volvieron a apoyar, ahora dispongo de una mensualidad de cinco mil dólares, tengo una buena casa, pero por las noches me vengo a joder a este matadero, me echo nada más a los hombres que me gustan y creo que esta noche, te voy a poseer a vos. Y sabes, por qué. Porque te pareces a aquel cabrón poeta de quien no he vuelto a saber ni mierda.

Y efectivamente, me poseyó, rompí mi regla. Pero bien valía la pena. Pero saben, no me volví a aparecer por aquel burdel, ella, era demasiado bella para arriesgarse y aunque había rebasado los 30 años, tenía una estampa muy propicia para enamorarse de ella, labios finos y dientes blancos bien cuidados, busto delicado y piernas bien formadas, en sus ojos se adivinaba la tristeza pero en su verdor, abrigaba la esperanza de un gran amor. Pero yo no quise arriesgarme, la única vez y la última, en que disfrutamos del sexo, descubrí que sus suaves manos, poseían el encanto de hacerme sentir feliz. Luego de cogerme, me acarició la espalda, bajando hasta mis piernas y pasando por mis nalgas, en las cuales hizo una curiosa filigrana con sus uñas, que me produjeron terrible escalofrío.

Amarla hubiese sido tan fácil, como arriesgado, por ello no me volví a aparecer por aquel burdel.

Que conocí otros moteles, es una verdad indiscutible, sólo piénsese que el bebedor guanaco cuando ya se siente borracho, toma un taxi, si no tiene carro, y se va para un burdel. Llega medio a verga, lo más probable es que ni coja, pero lo que si es seguro es que le cobrarán. Otra cualidad guanaca es que cuando el guanaco está ebrio se siente millonario, aunque al día siguiente maldiga su alcoholismo, al no poder dar ni siquiera para la leche de su hijo. Y yo soy guanaco y no soy una excepción a la regla, he sido y soy guanaco, aunque con algún nivel cultural y profesional que me ha permitido vivir con relativa tranquilidad, aunque debo de aclarar, que esto ha sido posible gracias a que las mujeres con las que he tenido hijos, también han sido profesionales y han cargado con buena parte de los gastos. Lo aclaro para que no se piense que estoy sacando pecho o que quiero presentarme como un modelo. Ciertamente, he sido de izquierda, pero un izquierdista más de palabra que de acción, pero incluso, serlo así, hubiese sido imposible, si no hubiese existido a la par mía una mujer cachimbona como la que he tenido en los últimos años. De ella, casi no he hablado aún, pero en algún momento tendré que hacerlo, ya que es la única a quien he amado, lo que me jode es que sobre ella he escrito tantas veces, que no se si citarme o plagiarme, porque recrear otra historia lo veo bastante difícil, aunque ya veremos.